viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo 10: Y último


D


ecir que este suceso no ha tenido importancia en nuestras vidas, es decir que aquel día no pasó nada. La verdad es que esta semana ha sido la más intensa de mi vida: exámenes, conciertos, viajes, bombas…
          Sin embargo, esto es lo que consigue crear grandes grupos de amigos. Porque sin los conocimientos informáticos de Óscar, sin la intuición de Irene Ballester, sin la fuerza de Denis, sin los problemas respiratorios de Jesús y sus peleas con Iván, sin el cariño de Irene Loredo y Alba, sin la compañía de Jovanny, Cristina… sin los consejos de Raquel, sin la dedicación de mi madre, sin el apoyo de mi hermana, sin la insistencia de mi prima Rut y sin mi historia no habría logrado entretener y enganchar a la lectura a muchos de vosotros, que con impaciencia me pedíais cada semana un nuevo capítulo.
La historia ya está contada. Ahora solo falta el final, que espero que cada uno de vosotros piense y algún día me cuente. Gracias a todos. La próxima historia saldrá pronto, y espero que también os guste.
Un saludo muy grande!!!

Capítulo 9: Volvemos al tren


V


uelvo a ser yo, Álvaro. Me duele todo el cuerpo, no veo nada y oigo chillidos… Sólo recuerdo que iba a agarrar una palanca de la cabina del tren, y que al agarrarla recibí una sacudida como eléctrica y alguien chilló mi nombre. Me acuerdo ahora de Pilar, de Raquel y de Alberto, y pido a Dios que no haya pasado nada, ni a mí ni a nadie. Que todo sea una pesadilla de la que pronto me voy a despertar. Dicen que la fe mueve montañas, y yo necesito mover mis pensamientos, que me pesan como piedras, que no me dejan razonar…
          Un momento, parece que al fondo veo una luz blanca. Será posible, parece que me voy a despertar. Si, si, cada vez está mas cerca.
-¿Hola? ¿Puedes oírme, Álvaro? – Esto mejora por momentos, he dejado de oír chillidos y ahora oigo una voz femenina que me resulta familiar. Intento responder:
- Hoooohlaa, qhhe hhaaaa phashadddooo - logro balbucear. Alguien me zarandea.
- ¡Despierta, por favor! – Esta vez en una voz grave, que no reconozco. Unos segundos después ya estoy plenamente consciente y el panorama que se me plantea no es muy halagador: el conductor, ya recuperado, está a mi lado y me mira con preocupación, al igual que Denis y Cristina. Tras un breve vistazo a mi alrededor, encuentro la causa de mi somnolencia. De la palanca que agarré hace un rato, salen ahora chispas. Lo que he recibido ha sido una descarga eléctrica brutal. No se como sigo aquí… Gracias a Dios…
          En cinco minutos me cuentan lo que ya me imaginaba. Solo he estado tres minutos inconsciente, pero nada ha cambiado. Mientras el desánimo empieza a apoderarse de nosotros, y volvemos al vagón para comunicar como sigue todo al resto, una voz sobresalta a todos los allí presentes.
-Les habla la policía. Por favor, permanezcan en el tren, en breves minutos llegará un equipo de salvamento. Repito, permanezcan en el tren… -Dicen que las buenas noticias cambian a las personas. Pues digo yo que será cierto, porque durante los siguientes cinco minutos todos saltamos, chillamos de alegría, nos abrazamos, nos damos besos…
          Cinco minutos después aparece un equipo de bomberos, que abre las puertas a martillazos y entra en el vagón.
-¿Estáis todos bien?- pregunta uno de los agentes.
-Creo que Jesús necesita oxígeno, y a esa señora deberían verla… Yo estoy bien. –digo. Sin embargo, todos mis amigos se empeñan, al conocer mi aventura en la cabina, en que me vea un médico. Tras mucho pelear, me convencen y me siento en una camilla que me lleva hasta la estación de Conde de Casal. Han montado un hospital de campaña. Buscan un lugar “tranquilo” y me oscultan, toman tensión y realianz multitud de pruebas. Todo bien.
Cuando me dejan marchar por fin, pregunto a un policía por mis amigos.
-Acompáñame.
 Me lleva fuera, donde se amontonan varias decenas de cámaras y periodistas buscando enterarse de lo sucedido mediante algún testimonio. A lo lejos veo a toda la peña, y de una carrera me acerco a ellos. Jesús está recuperado, y también está con los demás. Al verme aparecer en apariencia (y realmente) ileso, noto como los últimos rescoldos de temor desaparecen de sus caras. Tras asegurar unas veinte veces que estaba bien, me encuentro a Óscar.
-¡Hey! Joder, que bien has hecho no viniéndote con nosotros. Jajajaja. Es que tengo unas ideas… - Me mira feliz. En ese momento alguien me besa en la mejilla.
-¡Irene! ¿Cómo estás? Otra que ha hecho bien no estando en casa cuando llamé para quedar. –Me sonríe.
-¿A que no sabes como os han sacado de ahí ni lo que ha pasado?
-Pues imagino que habrá habido algún problema de electricidad…
-Frío, frío. ¿No te parece raro que por un corte de luz haya aquí más periodistas que en la final de fútbol?
-Pues ahora que lo dices, si. Pero entonces, ¿tú sabes lo que ha pasado? –Entonces me fijo en Óscar y en ella a la vez. Noto en Irene que ha estado preocupada, lo cual veo normal. Sin embargo, también veo miedo, como si hubiera pasado algo más, como si hubiera pensado que no íbamos a salir de esta. Como veo que en sus ojos empieza a aparecer el agua de la desdicha, le doy un abrazo, y cuando deja de llorar, le pido que me lo cuente todo:
- Pues verás, Álvaro. El día para mí ha sido muy largo. Ayer me acosté tarde, pero muy feliz cuando me enteré de lo que pasó en tu concierto. Hoy por la mañana me levanté como siempre, pronto, pero mi madre me dijo que mi novio estaba en el hospital y decidí ir. Luego supe que no había clase. Estuve con él toda la mañana, pero afortunadamente está bien. Cuando llegué a casa, escuché tu mensaje y me dio mucha rabia no haber podido ir. Sin embargo un rato después escuché en las noticias que una banda terrorista había colocado una bomba en un sitio desconocido y había cortado el suministro eléctrico del metro. Y entonces tuve una corazonada, de esas que solo nosotras tenemos, y que me dijo que habías tenido la genial idea de ir en metro a algún sitio. Como ves, no estaba equivocada, y como no ha pasado nada, te diré algo: eres imbécil, no vuelvas a hacer nada parecido en tu vida. Con cariño eeh. Bueno, pues llamé a Óscar, y con sus dotes de informático, y con la autorización de la policía, procedió a desactivar la bomba. ¿Sabes donde estaba colocada?
-No.
-En tu tren. –En ese momento sentí que un piano me caía en la cabeza y la cabeza se me iba. Ufff, que mareo. Pero ahora entiendo por qué está así, pobrecita.
-Irene, eres un sol. Gracias. Y a ti Óscar, te debemos la vida. –Le extiendo la mano, pero en vez de apretar se la estrujo cual esponja. Ciertamente estoy emocionado. Un rato después, la policía nos dice que han llegado nuestros padres. Tras abrazos, besos, y demás cada uno nos vamos a casa en un coche de policía. Han decretado protección para nosotros, hasta que se aclare todo.

No te lo tomes mal, pero no he pensado nada en ti. Creo que son mucho más importantes mis amigos, tú no eres más que un estorbo. No mereces que “sufra” por ti. Tengo fe. La fe existe, pero seguro que para ti no será mas que alguna tontería, alguna imaginación sin sentido…

Capítulo 8: Desde fuera


H


ola a todos. Soy Irene Ballester. Esta tarde debería haber quedado con mis amigos, que han ido a celebrar la beca que le han dado a Álvaro, pero he tenido que ir al hospital, porque a mi novio le ha dado un “chungo” en “la patata”. Está bien, no le pasa nada. Hace un cuarto de hora que oí el mensaje que dejó Álvaro en el contestador, y cinco minutos desde que he oído una impactante noticia en la televisión:
“Un grupo terrorista ha avisado de la colocación de una bomba y del corte de suministro eléctrico en la red de Metro de Madrid. Hay un tren que ha quedado inmovilizado entre las estaciones de Conde de Casal y Sainz de Baranda, línea 6 del Metro. Aún no se ha podido establecer comunicación con ninguno de sus ocupantes, debido al corte de electricidad, y a que desde la banda terrorista se asegura que si alguien intenta acercarse a ese tren, harán explotar la bomba. Actualmente se desconoce la ubicación del explosivo, aunque la policía baraja varias ubicaciones…”
Dicen que las mujeres tenemos un sexto sentido. Pues bien, algo me dice que el idiota de Álvaro ha propuesto a la gente ir en Metro a algún sitio y están en ese tren. Ninguno responde al móvil. Están “apagados o fuera de cobertura” según la señora de Movistar. Ahora estoy segura de que están ahí. No puedo quedarme de brazos cruzados, tengo que sacarlos. Pero, ¿yo? ¿Yo que puedo hacer? Nada, no me escucharán siquiera… Dios mío, ¿y si…? Claro, es la única opción. Ójala no esté también en el tren… Óscar es la única opción…
          La verdad es que no se si lo que hago tiene algún sentido, pero durante un segundo, han pasado por mi cabeza millones de pensamientos, y lo único que se me ocurre hacer es pedir ayuda al mejor informático que conozco: Óscar. Si, tal vez sea una tontería, pero no pierdo nada por probar. Juraría que un día le pedí su móvil. A ver… ¡si, aquí está!
-¿Diga?
-¡¿Óscar?! Oye, no hay tiempo, todos los de clase están atrapados en un tren, mira las noticias. Se me ha ocurrido que tal vez tú puedas hacer algo… ¡Por favor!
-Eh, un segundo. Quieres que entre en la página de control de la electricidad de metro, y restablezca el suministro eléctrico después de haber localizado la bomba y haberla desactivado a distancia, ¿no es así?
-Bueno, más o menos.- Que chico este, no se como piensa hacer eso, pero si lo consigue, recibirá un premio Nobel o algo de eso.
-Pero, tututututu… ¿tú eres subnormal? ¿Te crees que eso es tan fácil?
-No tengo ni idea de cómo piensas hacerlo, pero confío en ti…
-Que no, que no insistas más. En cinco minutos acabo.- Dice mientras se ríe. Como si le acabara de contar un chiste, este chico…
-Pero, ¿estamos tontos? ¿Lo vas a hacer o no?
-A ver, Irene, que ya se donde está la bomba. Déjate de tontunas y vente a mi casa.
-Voy para allá.- Definitivamente este chico es increíble. En apenas medio minuto ha encontrado la bomba que buscan los agentes especiales de la policía. Yo no se si me estará tomando el pelo…
Sin saber lo que hago, agarro las llaves de casa y salgo corriendo como alma que lleva el diablo. A la media hora, estoy a su lado viéndole teclear millones de teclas por segundo. Anda, llama al 112 para que nos echen una mano. Si no te creen me avisas.
-Operadora, ¿dígame?
-Ehh, hola. Llamo porque sé donde está la bomba esa.
-¿Cómo? ¿Puede repetir lo que ha dicho?- UHF, lo veo complicado…
-Digo que sé donde está colocada la bomba. Bueno, yo no, lo sabe un amigo mío que es un genio informático…
-Niña, espero que esto no sea una broma. Te paso con el jefe de operaciones.
-De acuerdo. Dese prisa, le juro que es verdad.
-Irene, trae el teléfono –dice Óscar- que voy a ponerlo en manos libres.
-¿Diga? ¿Con quién hablo?
-Hola, buenas. Soy Óscar y aquí está mi amiga Irene. Señor, sé donde está la bomba y como desactivarla.
-Chico, siento de veras no poder creerte.
-Me imaginaba que diría eso. Compruebe su ordenador. –Sí. Definitivamente Óscar estaba como una cabra. ¡Se había colado en los ordenadores de la policía!
-No se como lo has hecho, ni saber donde está la bomba ni meterte en mi ordenador. Pero eso ahora me da igual. En cinco minutos llegarán los técnicos a tu casa. ¡No hagas nada!- Entonces, con una mirada de aprobación hace ademán de contarme cómo lo ha conseguido.
-Ni lo intentes, no voy a entender nada, así que ahórrate los comentarios e intenta hablar con alguien del tren. Seguro que sabes cómo…
-Jajajaja. Sí, claro que sé. Anda, vete a abrir que si no me van a tirar la puerta abajo…
          Vaya tardecita, entre lo de mi novio y esto, no gano para sustos. Al minuto de abrir la puerta comienzo a oír miles de sirenas, cada vez más cerca, y a los dos minutos la casa está llena de tipos con armas para matar elefantes. Como puedo, llego hasta Óscar, que en ese momento habla con el que parece el jefe de todo esto. Dice éste:
-De acuerdo, tienes permiso oficial para intentar desactivar la bomba.
-Muy bien –clica dos o tres veces en el ordenador…- Ya está.
          En efecto, en la pantalla del ordenador puede verse una cuenta atrás de una bomba retenida en 4 horas 36 minutos 22 segundos.

Capítulo 7: ¿Algo puede ir peor?


E


n momentos como este tomar decisiones se vuelve muy complicado. Sin embargo, esta situación empieza a ser alarmante, y no veo otra salida que actuar. Las consecuencias pueden ser serias, pero creo que merece la pena…
-Denis, bajo mi responsabilidad vamos a echar esta puerta abajo.
-No, tío, si la tiramos es Nuestra responsabilidad… -Creo que no merece la pena discutir, así que asiento levemente y ambos nos movemos hacia el fondo del vagón.
-Primero tú, que tienes zapatillas más resistentes que estas albarcas. –Mi compañero sale corriendo, y a unos tres metros de la puerta, pega un salto y propina una patada de samurai a la puerta de la cabina. Nada. Me acerco a comprobar los daños de la puerta, y para mi asombro veo que solo la huella de la zapatilla sobre la puerta deja rastro de la patada.
-Bien, ahora llega el momento de demostrar que las películas sirven para algo. -Sin pensármelo mucho me coloco delante de la puerta, y al más puro estilo de Lee Jordan en el “Fugitivo”, levanto mi pierna derecha y la lanzo contra la cerradura con un fuerte impulso. Pffff, que dolor. Acabo de cerrar los ojos, porque mi pie ha impactado con la cerradura. Los abro lentamente y compruebo que la puerta está astillada. Posiblemente me haya hecho un esguince, pero creo que ha merecido la pena. Denis me mira satisfecho, y con nuestros hombros, acabamos de reventar la cerradura.
-Joder… Álvaro, llama a alguien que sepa de primeros auxilios. –Cuando conseguimos por fin entrar en la cabina, nos encontramos al conductor tumbado, inerte, sobre la silla de la cabina.
-Vale, vale, que no cunda el pánico… Yo di un cursillo, tengo que acordarme de algo… Mira a ver si viene Guillermo, que también hizo un cursillo. –Denis corre hacia donde se encuentra el resto como alma que lleva en diablo, mientras yo intento comprobar si el conductor respira, si su corazón late… En fin, esos cursillos que se nos enseñan en el colegio y que pensamos que nunca nos van a hacer falta, en los que disfrutamos de una hora libre, van a ser vitales para el desenlace de esta historia. Oigo a alguien correr. Debe ser Guillermo. Cuando le veo entrar, después de que se sobreponga de la carrera le indico al conductor.
Le dejo con sus quehaceres, mientras reviso los mandos de la cabina. Mi tío es conductor, y no es la primera vez que veo estas cabinas. Estoy en un tren modelo 5000, que entraron a funcionar en el año 1974. Si, una auténtica anticualla, pero con un control de mandos que se asemeja al de un avión. Intento recordar la ocasión en la que mi tío me llevó con él en la cabina. Como si una fuerza inexistente me empujara, me dejo llevar y mis manos caen sobre un botón de color azul. Ninguna indicación. Pero algo me dice que ese botón es el silbato que anuncia la partida del tren. No sin cierta temerosidad, aunque convencido, pulso tímidamente el botón. Para mi alivio, oigo un leve bufido que confirma la función de la tecla. Sin embargo, a Guillermo, que está intentando reanimar con la maniobra RCP al conductor, le propino un buen susto. Denis me mira asustado:
-Jo, Álvaro, ya sé que te encantan los trenes, pero no creo que sea el momento de cumplir tu sueño tocando el silbato del tren… -Hago caso omiso de su valoración y continúo con la exploración. Me fijo en el teléfono. Demasiado fácil, pero por intentarlo no pierdo nada. Descuelgo el auricular. Por la puerta entra corriendo Cristina Malpartida, muy asustada.
-¡A Jesús le va a dar algo, le falta aire! Daros prisa, por Dios. –No, no, no. Yo no puedo pensar con tanta presión. Necesito recordar. Tengo que solucionar esto, si no hubiera tenido la estúpida idea de quedar a dar una vuelta en Metro nada de esto hubiera pasado… Le echo un vistazo al conductor, y veo aliviado que está consciente. Grogui pero consciente. Cristina se queda con él para intentar que vuelva en sí, mientras que el médico en funciones, Guillermo, vuelve al segundo vagón para informar de la situación.
          Será posible. ¡Tengo el auricular en el oído desde hace cinco minutos! Tecleo el número de emergencias.
-Lo sentimos, pero el número marcado no existe. -¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no existe?! Vale, debe de ser un teléfono interno. Pero si pulso el 0 delante, tal vez funcione.
-Lo sentimos, pero el número marcado no existe. –Vale, este teléfono está empezando a tocarme… la moral. Por algún sitio tiene que haber un manual, o algo…
Un momento, hay algo que no entiendo. ¿Por qué no ha pasado ningún tren en la otra dirección? Son demasiadas preguntas, esto es demasiado para mí. En la cabina veo a Denis y a Cris con el conductor, que poco a poco va reaccionando, pero todavía no puede sernos de ayuda. Entonces se me ocurre algo. En dos zancadas me planto de la palanca de conducción, y como si me fuera la vida en ello, agarro con todas mis fuerzas la susodicha palanca.
-¡Álvaroooooooooooooooooooooo! 

Capítulo 6: Malas noticias


A


llí, puntuales, esperan Irene Loredo, Alba y Denis. Las chicas, al verme, corren hacia mí y me plantaron dos besos en las mejillas, mientras me felicitaban efusivamente.
- ¡Jo, eres un genio, felicidades! Ay, mi chico 10… –Se notaba una inmensa felicidad, que transmitía en parte su entrañable sonrisa y sobre todo eso que solo sientes en una persona a la que quieres. Como ya dije, en la misma boca del metro esperaba Denis.
- Hombreeee! –“Palmadita” en la espalda. Posiblemente si tuviera dentadura habría salido disparada. Denis es así: el mejor amigo a veces, imprevisible, con momentos en que es difícil reconocer su “verdadero él” y otros en los que se pone borde y no hay quien le aguante. Posiblemente si me oyera decir esto me daría un abrazo amistoso, en el que mis vértebras se quejarían abandonando su estado habitual, para pasar a otra posición en la que necesitaría la ayuda de un fisioterapeuta para dejarlo todo en orden, pero esto también forma parte de él.
          Empiezo, a petición del público femenino allí presente (Alba e Irene Loredo) a contar mi experiencia durante la audición. No cansaré al lector repitiéndola, porque ya habrá podido intuir como me sentí durante la lectura de los capítulos anteriores.
          Poco a poco fueron llegando el resto. Tan solo no había podido hablar con Irene Ballester y con Carlos. A Carlos sabía que iba a ser difícil pillarle, porque tenía algo personal que hacer hoy. De hecho avisó a los profesores de que no asistiría a clase. En cuanto a Irene, no sabía nada de nada.
          Cinco minutos después somos ocho, y he contado la misma historia tres veces. Decido ahorrar saliva.
-A ver, me encanta que todos estéis tan interesados en lo de ayer, pero para no repetirme como un loro, contaré la historia cuando hayan llegado todos. Por cierto, ¿alguien sabe algo de Irene Ballester?
- Que va.
- No, no se nada.
- Ni idea.
- Ok, bueno; creo que ya estamos todos. ¿Os apetece dar un paseo por la Fuente del Berro? –Unos cuantos gruñidos me dan a entender que el frío siberiano que estábamos sufriendo esos días, no animaba mucho a ir a dar un paseo. Así que cogemos el metro, y luego ya decidiríamos. En la estación de Manuel Becerra transbordamos a la circular, la línea 6. Ya acomodados en los viejos vagones de esta línea, cuento ahora sí para todos, mis sensaciones en la audición del día anterior. El minucioso relato me lleva unas cinco estaciones, con lo que nos plantamos en Cuatro Caminos. Dado que la mayoría ya se había sentado, decidimos quedarnos donde estábamos y no abandonar aquel vagón con calefacción. Así, cada grupito hablando de lo que se le iba ocurriendo, dimos una vuelta y media a la línea. Es decir, se nos hicieron las siete y media de la tarde.
          Cuando ya empezaba a aburrirnos aquella excursión bajo Madrid, y acabábamos de abandonar la estación de Conde de Casal, un repentino frenazo en medio del túnel nos empotró a todos contra el vecino de delante si la suerte se alió con nosotros; o con alguna parte del vagón más dura. La verdad es que nadie le dio ninguna importancia. Incluso nos echamos unas risas viendo en la situación en que habíamos acabado: unos encima de otros.
          Sin embargo, Daniel nos sacó de nuestra dicha.
- Oye, Álvaro, llevamos parados casi 10 minutos. Esto no es muy normal. –Era cierto. Hacía unos 10 minutos que habíamos salido de la estación de Conde de Casal, y el metro había parado inesperadamente. Me asomo por la ventanilla: un cartel de emergencia indica que la estación de Conde de Casal está a 325 metros y la de Sainz de Baranda a 1.850 metros. En nuestro vagón, el segundo, van otras dos personas: un señor de unos 40 años que lee la prensa y una mujer mayor que parece preocupada. Cuando me doy cuenta de esto, y dado que me considero una persona bastante capacitada para hablar con personas mayores, me acerco a ella.
-Hola, señora. ¿Se encuentra bien?
-Hola, hijo. Bueno, es que no me gusta ir en metro, y como se ha quedado parado, pues tengo un poco de miedo…
-No se preocupe, señora, tiene aquí a una panda de chicos la mar de majos para lo que necesite. –Guillermo tiene el don de la oportunidad, y logró sacar una sonrisa a la apurada señora, que tras asegurarnos que ya estaba mejor, nos pidió que nos fuéramos tranquilos.
          De cualquier manera, era imposible estar tranquilos. 15 minutos parados en un túnel… puf… Dani tenía razón, no era normal. Como cada uno había vuelto a sus conversaciones y yo andaba preocupado por lo que pudiera haber pasado, busqué a algún compañero que no estuviera hablando y me di de bruces con Jesús.
-Oye, ya sabes que tengo problemas de respiración, y empiezo a notar que me falta aire. –Esta declaración me provocó un nudo en la garganta. Pedí atención.
-A ver chicos, llevamos casi 20 minutos encerrados aquí. Jesús me acaba de decir que nota que falta aire. ¿Estáis todos bien? –Varios “síes” me tranquilizaron. Pero no podía esperar a que algo pasara, necesitaba saber si todo iba bien…
          Denis me vio intranquilo y adivinando mis pensamientos me preguntó:
-¿Vamos a la cabina a ver si el conductor sabe algo?
-Vale, pero vamos solo tú y yo. –Mientras continuaban animadas conversaciones en el vagón, Denis y yo abrimos la puerta de emergencia y pasamos al primer vagón, que estaba vacío. Con paso decidido nos acercamos a la cabina y golpeamos la puerta. Nada. Esto empezaba a ser preocupante…

Y tú pareces ajena a todo, sin preocuparte por mí. Creo que lo nuestro, aunque nunca haya existido, no tiene futuro. Nunca conseguiré decirte mis sentimientos y tú, como es normal, nunca los podrás saber.

Capítulo 5: Actuación sublime


A


cabo de terminar de tocar la obra y cuando el piano da el último acorde comienzo a temblar esperando la reacción del tribunal. Silencio incómodo. De repente, uno de los miembros del tribunal comienza a aplaudir. Si definitivamente creo que estoy soñando. No me lo puedo creer, otras dos personas comienzan a aplaudir. Al final, todo el salón de audición se suma a una larga ovación que me hace llorar.
          Como dije antes, para un profesional de la música la única persona que sabe tocar bien un instrumento es ella, así que me siento ahora mismo como un rey, capaz de hacer aplaudir a un profesor de música de conservatorio. Poco a poco, tras unos tres minutos de vítores, el público y el tribunal comienza a cuchichear. Alguien pide silencio. El director del conservatorio, situado en el centro de la mesa del jurado, se levanta.
- Por su bellísima interpretación de la Sonata IV de Haëndel, el alumno Álvaro García ha recibido la máxima calificación que este tribunal puede otorgar. ¡Mención honorífica! Esto significa que el alumno recibirá una beca para continuar sus estudios musicales en el extranjero. ¡Un fuerte aplauso para él! –de nuevo ovación. Creo que esto no puede ser real. Yo, Álvaro García Herrero, un chico de 15 años, desconocido por todos, invisible para algunos, consiguiendo lo que nadie antes había logrado… Esto es demasiado, llevo una semana de continuo ajetreo, no puedo asimilar lo que me está pasando. Será mejor volver a casa, contarlo todo, intentar descansar. Pufff…
          Una hora después estoy tumbado en mi cama, repasando esta semana infernal con un jueves tan feliz.

Y curiosamente tú eres la responsable de este final de semana tan perfecto, a ti te debo mi gran actuación, porque tú entraste ahí y me diste fuerzas para hacerlo, para continuar, para no rendirme. ¡Y si eso no lo ha conseguido el amor, que alguien me diga qué lo ha conseguido!

Sin querer, mecánicamente, me pongo el pijama, me meto en la cama y me quedo dormido. A la mañana siguiente pienso que el mundo se ha aliado conmigo. Cuando suena el despertador, el cual ignoro completamente dado mi estado, la puerta se abre. Mi madre se acerca, y me dice las palabras que todo niño quiere oír por las mañanas.
-Hijo, acaban de decir por la tele que ha muerto Fraga y que se han suspendido las clases. –entended que no deseo la muerte de nadie, pero necesitaba un día de descanso con urgencia. Cuatro horas después me despierto con energías renovadas. Tras un copioso desayuno, y una charla con mi madre, interesada en saber con todo detalle lo que me pasó ayer en la audición, llamo por teléfono a Jesús.

La verdad es que nadie sabe que tú eres tan importante para mí, es un secreto entre mí y yo. Suena un poco raro, lo sé, pero los secretos también son individuales.

- ¡Jesús! Tío, no te lo vas a creer, ¡me han puesto una mención honorífica por la actuación y me van a dar una beca!
- Joder, Álvaro, no me cansaré de repetírtelo, tío, eres un máquina. ¡Felicidades! ¿Te apetece quedar un rato?
- Pues claro, voy a avisar a toda la peña. Nos vemos a las cuatro en la boca de metro. Hasta ahora. –Esta llamada se repitió unas veinte veces. Llamé a todos aquellos que son importantes para mí. Creo que las cosas importantes las deben saber todos los que para ti son importantes. Llamé a las Irenes, a mi familia entera, a Iván, a las Cristinas (si también hay dos), a Carlos, a Guillermo, a Alba, a Jovanny, a Denis… creo que no acabaría, así que prefiero utilizar los puntos suspensivos. Ahí estáis todos vosotros, porque sois importantes para mí solo por el hecho de leer este relato. Después de comer, arreglarme y preparar la mochila para mañana (recuerdo a los lectores que iré a pasar el día a la Parcela), salgo de casa y me dirijo a la boca del metro de la Elipa, lugar de encuentro de nuestras quedadas.

Capítulo 4º: La audición


¡


Una llamada al móvil! Esto es todo un acontecimiento, sobre todo porque suena la melodía de llamada normal. Bueno, digo esto porque tengo una melodía para cuando llaman mis padres o mi hermana y otra para el resto.
Es mi prima, Rut. La verdad, no tengo ni la más remota idea de por qué me ha llamado, vamos a ver que quiere…
-¡Primoooooooo!
-¡Primaaaaaaaaaaaa! ¿A qué debo el honor de recibir esta llamada?
-Jajajaja. Nada, solo para decirte que este sábado vamos mis padres, mi hermano y yo a la Parcela, para que os animéis vosotros también. –La Parcela es uno de los lugares más maravillosos de mi infancia. Es el chalet de mis abuelos. Se construyo hace unos 30 años, y tiene alrededor un terreno en el que hay multitud de árboles, cada uno de un miembro de la familia. El mío es un olivo, y tengo que decir que da muchas aceitunas. Allí aprendí a montar en bici, allí aprendí a mover un coche (de verdad)… Lo cierto es que en la Parcela he cortado el césped con varias máquinas, en ocasiones arreglándolas yo mismo; he podado y arrancado árboles, he instalado surtidores de agua para el riego, he pintado paredes, he cavado hoyos, he partido troncos con un hacha… La verdad es que creo que no acabaría nunca, porque en la Parcela he hecho de todo.
-Hombre, pues haré un hueco en mi agenda e iré –digo en tono burlón- aunque igual me surge algo de última hora. Jejejeje.
-Anda, no te hagas el interesante. ¿Por qué no aprovechas y vendes dulces para el viaje de fin de curso? –Me acaba de dar la razón perfecta para ir. Aún no he conseguido ni 50 € para el viaje de fin de curso, y tengo en casa tres cajas llenas de polvorones, bombones y todos los dulces de Navidad que uno se pueda imaginar.
-Hecho prima. Voy.
          La verdad es que me apetece ir, hace mucho que no me doy una vuelta en bici y subo las temibles cuestas de las calles de la urbanización. Son subidas que sin exagerar alcanzan un 30 %, y una vuelta entera a la urbanización puede suponer casi 30 minutos a ritmo de infarto. Sin embargo, el ciclismo es un deporte agónico, y yo lo vivo así.
          Esta tarde es la audición, me juego el curso en ella, y creo que estoy bien preparado. Apenas como, tengo la cabeza ocupada, recordando cada ligadura, cada nota, cada crescendo, cada recuperación de arco… Creo que me acuerdo de todo, pero habrá que ver que pasa en el momento de la verdad.
          Si os soy sincero, no tengo ninguna duda de que en la audición de hoy, toque como toque, me van a poner a pear de un burro, como dice mi abuelo. Para un músico profesional solo hay una persona en el mundo que toca bien. Como habréis adivinado es él mismo. E intentar hacer frente a este enorme ego se vuelve muy complicado, cuando lo que busca es que seas el menos malo, no el mejor.
          Pienso esto mientras voy sentado en el metro, mordiéndome las uñas por primera vez en mi vida. Jugárselo todo a una carta no mola.
          Y aquí estoy, voy a empezar a tocar la Sonata IV de Haëndel, concretamente el 2º movimiento. 3, 2, 1, allá voy…
          La primera nota suena igual que la corneta que despierta a los militares en las películas, pero no puedo pararme. Vaya por Dios, me acabo de comer un diminuendo.  Vamos con la primera parte difícil… ¡Bien! ¡Salió!
Atención, lo más complicado de todo: variolaje. Ánimo, Álvaro. Vas muy bien.
          Cagada. No se donde, pero me he equivocado. He visto de reojo a uno de los miembros del tribunal echarse las manos a la cabeza al escuchar algo.
Creo que no voy a aguantar, mejor parar, ¿para qué seguir? No puedo permitir que me echen el trabajo por tierra, no podría soportarlo…
          Pero, ¿que está pasando? Todo se está llenando de una especie de neblina blanca. Estoy empezando la frase de Detaché, momento de relativo relax…

No me lo puedo creer, ¡estás ahí, has venido! Entras sigilosamente por la puerta y te colocas detrás del tribunal. Saco valor de donde no me queda y le echo aún más ganas, lo doy todo. Noto tu mirada. El arco parece flotar sobre las cuerdas, la obra pasa a ser un susurro precioso, el canto de una sirena. Toco para ti, solo para ti. Me acerco al final, pero creo que no pararía de tocar nunca. Me sonríes. Acabo la obra. Te sonrío…

Capitulo 3º: Vaya día…


A


bro los ojos. Y lo que veo me tranquiliza más de lo que pudiera tranquilizarle a un niño pequeño que se ha perdido encontrar a su madre. Estoy sentado en un vagón de tren, me había dormido. Un mal sueño, una pesadilla en toda regla. La semana lo da… Son las ocho de la tarde, lo que significa que ya llego tarde a clase. Estoy en la estación de Canal, me he pasado la mía. Prefiero no moverme y esperar a que el tren llegue a Cuatro Caminos, dé la vuelta y vuelva a pasar por mi estación para esta vez si, apearme.
          Tras una bronca por parte del director de la orquesta que me sienta fatal porque nunca me había pasado nada igual, y dos horas de interpretación, vuelvo a casa. Doy un repasito a la Revolución Industrial y me voy a la cama.  Mañana será otro día, y seguro que mejor que el hoy.
          Oigo la sintonía de despertador de mi móvil y me intento desperezar. Digo bien me intento, porque al intentarme levantar me faltan fuerzas. Estoy muy, pero que muy cansado. Tengo los ojos pegados por las legañas y los brazos entumecidos, posiblemente por apoyar sobre ellos el peso de mi cuerpo mientras dormía. Con más esfuerzo del que necesitaría para mover un camión cuesta arriba, consigo sentarme en la cama. A duras penas acierto a llegar al baño, donde el agua del grifo, más fría de lo normal acaba de despertarme. Tras un desayuno ligero pero reconfortante, agarro mis bártulos, me despido de mi madre y mi hermana, que va por otro sitio para recoger a una amiga, y me encamino a la parada del autobús.
          Por las mañanas me encuentro siempre a Alba, sentada en los primeros asientos del autobús, escuchando música en su IPad, IPod
o como narices se llame el aparatejo que utilice. Me saluda siempre con una sonrisa en la cara, que acaba de alegrar el día si, como ocurre a menudo, empieza cruzado. Si no fuera por mis amigos creo que nada sería igual, la verdad es que son muy importantes para mí y me siento en eterna deuda con ellos. Aunque suele decirse aquello de “hoy por mí mañana por ti”, y en muchas ocasiones sea verdad, les tengo un aprecio muy grande.
          A tercera hora, examen de inglés. Estamos con los tiempos verbales. Presente, Pasado simple, Pasado continuo… Son los mismos que dábamos hace cuatro años. Y así nos va en inglés, algunos sacando buenas notas porque ya nos lo sabemos de otros años y los otros cometiendo siempre los mismos fallos. El examen bien, excepto la pregunta del millón, como me gusta llamarla. Esta pregunta es la típica en la que hay una palabra de la que no estás seguro. La oración es la siguiente:
“Traduce ¿Cuánto tiempo tardas en llegar al instituto? Tardo media hora.” Me la aprendí esta mañana de memoria mientras estudiaba en el autobús. Pongo:
How long does it takes you to get to high-school? It takes me half an hour.
Pero algo no me cuadra. Me quedan todavía cinco minutos. Leo y releo. Realmente, dado que me la he aprendido de memoria podría estar mal copiada, o podría haber olvidado alguna palabra… La ley de Murphy dice que si tienes dos opciones para hacer algo, la que elijas será la errónea. Por la tanto, elijo que está mal, y siguiendo la ley de Murphy lo dejo igual. Entrego el examen.
El día transcurre normal. A la salida Irene Ballester me pide volver en metro, que aunque no esté tan cerca del instituto como el autobús, ofrece un plus de espacio y rapidez. Acepto sin reparos y nos dirigimos ligeros a la estación de La Almudena, también línea 2.
-¿Qué tal el día? A mí se me ha hecho muy largo. –Creo que a todos…
-Bien, en el examen de inglés tuve que hacer frente a un fifty-fifty, pero creo que bastante bien. ¿Cómo llevas tú todo?
-Bueno, la verdad es que me va muy bien con mi novio. Creo que es lo más importante ahora mismo en mi vida. Le amo. –Mientras dice esto noto como su cabeza se llena de melancolía, pero también de amor. Le respondo con una sonrisa, que ella mira pero no ve. Flota en la nube del enamorado, esa de la que nadie ni nada te puede bajar porque es suave, esponjosa, sedosa, blanca… Lo tiene todo. Quien está enamorado tiene una nube de esas. Si la nube se vuelve gris, entonces llueve. Esa lluvia serán las lágrimas del enamorado o enamorada por perder a su amor.
Irene y yo hablamos mucho, y sobre cualquier cosa. Con esto no quiero decir que no hablemos de cosas absurdas, que de todo hay. Pero siento que hablar con ella me abre puertas, me enseña nuevos caminos y me abre los ojos ante aspectos de la vida que nunca había tenido en cuenta. Ya en el metro, me vuelve a sorprender.
-¿Sabes que estoy aprendiendo a tocar el piano? –Mi reacción no se hace esperar. Los ojos se me abren tanto que parecen querer abandonar sus cuencas. La miro inquisitoriamente, buscando una sonrisa que me diga: “que no, hombre, que es broma…” Aunque mis deseos son que sea realidad, no me lo puedo creer.
-De verdad, ayer me apunté a clases –Me repite. Yo sigo con la misma cara de imbécil. Así que no se me ocurre nada que decir.
-Pero ¿tienes piano? –Logro balbucear.
-Pues claro. Cuando quieras vienes y me enseñas tú también. ¿Vale? –Poco a poco recupero mi expresión habitual, sin querer decir con esto que sea menos idiota que la cara que anteriormente he descrito. Tras prometerle que le enseñaré todo lo que pueda y pensar en lo feliz que me hace que alguien toque un instrumento y yo le pueda enseñar, llegamos a la estación de La Elipa, donde me despido de ella. Continuará hasta Sevilla en el mismo tren.

También mi nube empezó siendo blanca, pero con el paso del tiempo, empieza a volverse gris… Si supieras lo que siento por ti todo sería diferente. Sin embargo creo que jamás tendré el valor de decírtelo. 

Capítulo 2º: De camino a casa


O


tra de mis obligaciones como delegado consiste en llevar la llave de la clase, lo que me convierte en un portero, sin que afortunadamente esto sirva de mofa para mis compañeros. Hay que decir que pese a que sean un poco cabroncetes y me elijan todos los años a mí para tales menesteres, valoran el esfuerzo que supone tan ardua tarea.
          Podéis pensar que todo lo que acabáis de leer es mentira, pero dado que me ha quedado bordado, lo dejaré ahí. Después de dejar la llave en su correspondiente llavero, donde mañana volverá a ser recogida por un servidor, voy al parking de bicis, donde charlan animadamente los compañeros. Veo a Óscar salir del instituto montado en su bici. Pensativo y callado, como siempre… Nos gusta hablar de todo un poco, a unos más que a otros y siempre dando distintos puntos de vista. Dado que la conversación de los chicos se centra en un partido de fútbol, prefiero evadirme con Guillermo para torturarle un ratito.
-¡¿Cómo llevas el examen de latín de mañana?! –la pregunta es obvia, pero hay que matar el tiempo hasta que surja una conversación interesante…
-Pues bastante bien, aunque lo que es la 5ª declinación tengo una duda sobre los nombres que se pueden declinar en plural. –Mientras le resuelvo la duda me fijo en todos, y me doy cuenta de lo que puede llegar a crecer una persona. Me fijo en nuestro macarra, Jesús. Andará cercano al metro ochenta si no lo supera. Si, probablemente lo supere, ya que yo ando en torno al metro setenta y cinco. La memoria me vuelve a la infancia, cuando compartíamos clase pero con solo tres añitos. Lo que ha llovido desde entonces.
          Como chico que soy, no tiene sentido que haya podido hacer dos cosas a la vez, véase explicar una duda de latín a Guillermo y pensar en el crecimiento humano. Sin embargo todo es posible en un libro. Hasta puede que tú te sientas en algún momento dentro de la historia, como un personaje más. Si consigues creer que te hablan a ti, y no a alguien que se llama como tu, sentirás algo que ningún escritor ha descrito jamás.
          Nos acercamos al autobús. Aquí se dividen en parte nuestros caminos. Algunos cogeremos la línea 106 para ir a La Elipa. Otros la línea 70 para dirigirse a las cercanías de algún punto de las calles Hermanos García Noblejas, Arturo Soria o Alcalá. Los últimos, o mejor dicho el último, irá andando hasta su casa en algún punto del recorrido de la línea 109. Éste es Denis, que con un “Adíos”, haciendo hincapié en la tilde de la “i”, se pondrá sus cascos a tope y se alejará a buen paso escuchando Metálica.
          Hay cosas que ocurren desde que el mundo es mundo. En el nuestro particular, mientras no se demuestre lo contrario, llegará a la parada del autobús primero un 70 antes que un 106. Además, la línea de La Elipa en ocasiones no parará, o tardará en pasar cerca de un cuarto de hora. Indignados ante esta rutina, nos sentamos en la parada y despedimos a Guillermo, que coge el autobús doble de la línea 70 y se sienta como un rey, eligiendo el asiento del autobús que más le gusta.
          Irene se acerca a mí.
-¿¡Sabes una cosa!? –No respondo, nunca me han gustado ese tipo de preguntas, prefiero esperar la información…- ¡Hoy vas a pasártelo bien, con esa gente tan agradable y a esas horas tan buenas! Jajajaja… Es broma, bobo, ¿qué tal llevas la semana? –Irene es sin duda mi mejor amiga. La quiero un montón, y creo que ella a mí también. Bueno, lo cierto es que todos la queremos mucho y es alguien muy importante para nosotros, aunque la conociéramos hace un año.
-Bueno, bastante bien. Hoy tengo que ir al conservatorio, y el viernes tengo la audición ante el tribunal que te conté…
­-Jo, si es que no paras, hijo mío. Yo no se como puedes vivir así. –La verdad es que tiene toda la razón, no se como puedo vivir así… Hoy el autobús no se hace esperar, pero viene tan lleno como de costumbre. Ya en el interior, sigo mi conversación, interrumpida por los empujones necesarios en su justa medida para conseguir entrar en el transporte.
-¿Y como llevas preparada la audición? ¡Hace mucho que no te oigo tocar, con lo que me gusta…!
-Bueno, bastante bien, pero depende de lo exigentes que sean los jueces. Yo haré mi parte lo mejor posible, y ellos espero que se impliquen un poco. Jejejeje. –Me sonríe y se pone a pensar en sus cosas. Es curioso, pero llega un momento en el que dos personas que estaban hablando sienten que la conversación se ha acabado, que no hay más que decir. Si la otra persona es una desconocida, el momento es un poco tenso, y pueden escucharse frases tipo “Hace buen día”; o “¿Y que tal tus niños?”. Entiendan, señores lectores, que la segunda se dará cuando uno de los interlocutores sepa con certeza que el otro tiene hijos y andan perfectamente de salud, no sería muy normal que yo ahora le dijera a Irene “¿Qué tal tus hijos?”.
          Para que nadie se pierda anticipo que habrá varios personajes con el precioso nombre de Irene. Cuando hable de ellos utilizaré el apellido, pero solo al principio, como introducción. En este anterior párrafo, como casi todos habréis adivinado me refería a Irene Ballester.
          El viaje se me hace bastante corto, y cuando me quiero dar cuenta estoy besando la mejilla de Irene para despedirme de ella frente a su casa, lo que significa que aún me quedan unos 5 minutos de camino.
          Sin novedad en el frente, y como miércoles que es, tras una copiosa comida en la que engullo dos platos de pasta con salchichas y cuatro o cinco trozos de empanada, y dos horas de estudio, me dirijo al sitio donde mejor me lo paso según Irene Ballester. Si, la verdad es que tiene un sentido del humor un poco ácido, por lo menos en este caso. Jejeje.
          Mi conservatorio está en la estación de Noviciado, línea 2 del Metro de Madrid. Nada más entrar al vagón y encontrar asiento, abro un libro de cualquier asignatura con examen a la vista y estudio ante la estupefacción del resto de usuarios del suburbano. El viaje sin novedad. Voy bastante cargado, puesto que llevo el violín y una bandolera con tres libros de música.
          Llego a la estación y me bajo. Avanzo tranquilamente por el andén. El metro ya ha salido de la estación. De repente, un chico con la cara tapada que estaba sentado en un banco del andén, se levanta y me empuja a la vía. Caigo sobre los raíles. Dolor, mucho dolor. Creo que me he roto algo. No logro moverme. Ruido, mucho ruido, una señora chilla horrorizada en el andén. Comienzo a oír a lo lejos el ruido del tren. Quien lo iba a decir, este es el fin. Cada vez está más cerca, ya no hay salvación. Todo vibra, no puedo siquiera abrir los ojos…

Aunque esto se acaba, mi último pensamiento es para ti. Aunque nunca tuve coraje para hablarte, sé que eres tú la única persona que ha ocupado mi corazón. Y también sé que nunca querré a nadie más porque el momento ha llegado.

Capitulo 1º: Clase de MAE

M


  
AE, sexta y última hora. Intento estudiar pero me resulta imposible. Pese a ser aún miércoles, estamos ante la semana más dura de mi vida. Me presento un poco: soy Álvaro, un estudiante de 15 años, 4º ESO. Mi vida no tiene nada que no tenga la de cualquier chico de mi edad… excepto por el hecho de que jamás he tenido novia. Tampoco es que le dé mucha importancia… Prefiero volver a la realidad, que no se presenta muy divertida precisamente.
La situación actual podría abreviarse como semana de locos; 4 exámenes en el día de hoy, 3 en lo que llevamos de semana y 5 en lo que queda. Me río por no llorar cuando mis compañeros se quejan de que no tienen tiempo para estudiar, que si tal, que si cual… Lo cierto es que además de los exámenes del instituto, tengo esta semana una audición en el Conservatorio Superior de Música de Madrid ante un tribunal, para una posible beca. Caigo en la cuenta de que en mi pequeña presentación no mencioné que toco el violín, el piano y estoy empezando con la batería. En cualquier caso, dado que el estudio en tales condiciones parece misión imposible, echo un vistazo a la clase, a mi clase.
A primera vista, parece una clase como otro cualquiera, con sus mesas de madera barnizadas en verde, sillas también color esperanza, una pizarra llena de palabras que vistas por alguien ajeno a la clase no tendrían ningún sentido, un rebaño de adolescentes repartido por las mencionadas mesas y el profesor, en este caso profesora.
Lo primero que llama mi atención es la charla entre Cristina y Josellyn, al fondo de la clase. Parecen hablar de algo gracioso dado que no paran de emitir risueños chillidos que causan un desagradable dolor a mis oídos. Aunque bien pensado, posiblemente marujeen sobre la última noticia que Radio Patio haya emitido. Al otro lado de la clase, es decir, a mi lado, está sentado Iván. A su lado, como no, Jesús. Ambos son chicos conflictivos. El uno intratable, el otro macarra, son la pareja perfecta para hacer el gamberro, tarea que realizan como aquel que va a comprar el pan, a diario.
Nuestra aula es la 2.7, que como en una ocasión tuve que explicar a nuestro profesor de lengua, recibe ese nombre por estar situada en la segunda planta, y ser la séptima aula, aunque nunca entenderé por donde empezaron a contar cuando las numeraron… Somos alumnos de la optativa B, letras. Tenemos como principales asignaturas obligatorias Historia, Latín, Lengua y Literatura, Matemáticas (fáciles o difíciles), Inglés y otras muchas optativas o menos importantes.
Carlos se levanta de su silla, donde permanecía en una posición muy propicia para quedarse dormido. Luces apagadas, persianas bajadas… un poco de música tranquila y esto dejaría de ser una clase de instituto para convertirse en una hora de siesta.
- ¡Eso habrá que verlo! –Iván discute sobre el partido de fútbol de esta noche, seguro.
-¡Me apuesto el bocadillo de mañana!  -Comienza el fantasmeo, que acabará como siempre, mal…
-Hecho, que sea de jamón serrano. ¡Pero mira que apostar por el que juega fuera de casa, tú estás fatal! –Y se armó… Jesús se levanta e intenta propinar un fenomenal puñetazo a su colega, que logra esquivar. La respuesta no tarda en llegar: un gancho certero de Iván que impacta en el mentón de nuestro macarra. En un momento de tregua entre la “discusión”, Carlos y Guillermo logran sujetarlos ante la perspectiva de una pelea en toda regla. La profesora se acerca chillando:
-¿¡Pero ustedes donde se creen que están!? ¡Esto no es un ring de combate! ¡Ahora mismo bajan a Jefatura de Estudios con una amonestación! ¡Álvaro, baja con ellos! –Quien me mandaría a mí ser delegado, ahora me toca acompañar a estos dos burros abajo, donde alguien les dirá que deben ser niños buenos, que se den la mano y esas tonterías. El enfado a ellos ya se les ha pasado, como siempre, y se defienden uno a otro ante la profesora, que anda fuera de sí, mientras rellena las correspondientes amonestaciones.
          Las plegarias de los dos compañeros no dan resultado, me los llevo a Jefatura de Estudios, orden de la profesora. Por el camino, ambos hablan de fútbol de nuevo, aunque en esta ocasión ambos coinciden en el ganador de un partido de mañana, que jugarán dos equipos de la liga alemana, deduzco por los nombres.
Tras dejar a esos elementos en Jefatura vuelvo a mi apasionante tarea de aburrirme en clase. Nada más entrar me fijo en Óscar. Anda como siempre, obnubilado, pensando, y a cada rato escribiendo. Solo yo sé que es lo que hace. Óscar dedica todo su tiempo a programar, a intentar entrar en los sistemas de seguridad de internet más sofisticados, a crear los antivirus más potentes…
          Veo a Alba pasando las hojas del libro de matemáticas. Me levanto, me acerco, y la asusto.
-¡Ahhhh! ¡Me has asustado, tonto! –Me dice cariñosamente. Aprovecho para meterme con ella.
-¿Qué andas estudiando? ¿El número que va después del dos? ¡Jajajajaja! –Alba y yo nos llevamos muy bien, pero me encanta chincharla porque ella da las matemáticas fáciles, y yo las difíciles. La diferencia entre ambas, aunque no debería serlo, es abismal. Un alumno de 2º da a estas alturas de curso
operaciones más difíciles que las que dan ellos en su clase.
-No empieces –me regaña- que tampoco son tan fáciles.
Me río de buena gana y vuelvo a mi sitio. En primera fila, está sentado Guillermo, que antes había separado a los dos macarras. Hojea el 20 minutos, el periódico más popular de la clase, aunque sea para leer el horóscopo. Guillermo y yo somos muy amigos. Aunque nos conocimos este año ambos tenemos unas ideas sobre la sociedad, la política y sobre otras facetas de la vida cotidiana muy parecidas, lo que ayudó mucho a hacer de nosotros dos tíos casi inseparables. Un gran amigo, sin duda.
Por fin suena el timbre, menos mal, pensé que nunca iba a salir de aquí.

Sales por la puerta rápido, como siempre, sin que me dé tiempo siquiera a pensar que el día de hoy puede ser El Día, sin darte cuenta de que suspiro por ti, sin pensar que eres mi vida… aunque poco a poco se apaga. Mírame, solo para tener un motivo por el que sonreír.