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n momentos como
este tomar decisiones se vuelve muy complicado. Sin embargo, esta situación
empieza a ser alarmante, y no veo otra salida que actuar. Las consecuencias
pueden ser serias, pero creo que merece la pena…
-Denis, bajo mi
responsabilidad vamos a echar esta puerta abajo.
-No, tío, si la
tiramos es Nuestra responsabilidad… -Creo que no merece la pena discutir, así
que asiento levemente y ambos nos movemos hacia el fondo del vagón.
-Primero tú, que
tienes zapatillas más resistentes que estas albarcas. –Mi compañero sale
corriendo, y a unos tres metros de la puerta, pega un salto y propina una
patada de samurai a la puerta de la cabina. Nada. Me acerco a comprobar los
daños de la puerta, y para mi asombro veo que solo la huella de la zapatilla
sobre la puerta deja rastro de la patada.
-Bien, ahora llega
el momento de demostrar que las películas sirven para algo. -Sin pensármelo
mucho me coloco delante de la puerta, y al más puro estilo de Lee Jordan en el
“Fugitivo”, levanto mi pierna derecha y la lanzo contra la cerradura con un
fuerte impulso. Pffff, que dolor. Acabo de cerrar los ojos, porque mi pie ha
impactado con la cerradura. Los abro lentamente y compruebo que la puerta está
astillada. Posiblemente me haya hecho un esguince, pero creo que ha merecido la
pena. Denis me mira satisfecho, y con nuestros hombros, acabamos de reventar la
cerradura.
-Joder… Álvaro,
llama a alguien que sepa de primeros auxilios. –Cuando conseguimos por fin
entrar en la cabina, nos encontramos al conductor tumbado, inerte, sobre la
silla de la cabina.
-Vale, vale, que
no cunda el pánico… Yo di un cursillo, tengo que acordarme de algo… Mira a ver
si viene Guillermo, que también hizo un cursillo. –Denis corre hacia donde se
encuentra el resto como alma que lleva en diablo, mientras yo intento comprobar
si el conductor respira, si su corazón late… En fin, esos cursillos que se nos
enseñan en el colegio y que pensamos que nunca nos van a hacer falta, en los
que disfrutamos de una hora libre, van a ser vitales para el desenlace de esta
historia. Oigo a alguien correr. Debe ser Guillermo. Cuando le veo entrar,
después de que se sobreponga de la carrera le indico al conductor.
Le
dejo con sus quehaceres, mientras reviso los mandos de la cabina. Mi tío es
conductor, y no es la primera vez que veo estas cabinas. Estoy en un tren
modelo 5000, que entraron a funcionar en el año 1974. Si, una auténtica
anticualla, pero con un control de mandos que se asemeja al de un avión. Intento
recordar la ocasión en la que mi tío me llevó con él en la cabina. Como si una
fuerza inexistente me empujara, me dejo llevar y mis manos caen sobre un botón
de color azul. Ninguna indicación. Pero algo me dice que ese botón es el
silbato que anuncia la partida del tren. No sin cierta temerosidad, aunque
convencido, pulso tímidamente el botón. Para mi alivio, oigo un leve bufido que
confirma la función de la tecla. Sin embargo, a Guillermo, que está intentando
reanimar con la maniobra RCP al conductor, le propino un buen susto. Denis me
mira asustado:
-Jo, Álvaro, ya sé
que te encantan los trenes, pero no creo que sea el momento de cumplir tu sueño
tocando el silbato del tren… -Hago caso omiso de su valoración y continúo con
la exploración. Me fijo en el teléfono. Demasiado fácil, pero por intentarlo no
pierdo nada. Descuelgo el auricular. Por la puerta entra corriendo Cristina
Malpartida, muy asustada.
-¡A Jesús le va a
dar algo, le falta aire! Daros prisa, por Dios. –No, no, no. Yo no puedo pensar
con tanta presión. Necesito recordar. Tengo que solucionar esto, si no hubiera
tenido la estúpida idea de quedar a dar una vuelta en Metro nada de esto
hubiera pasado… Le echo un vistazo al conductor, y veo aliviado que está
consciente. Grogui pero consciente. Cristina se queda con él para intentar que
vuelva en sí, mientras que el médico en funciones, Guillermo, vuelve al segundo
vagón para informar de la situación.
Será posible. ¡Tengo el auricular en
el oído desde hace cinco minutos! Tecleo el número de emergencias.
-Lo sentimos, pero
el número marcado no existe. -¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no existe?! Vale, debe de ser
un teléfono interno. Pero si pulso el 0 delante, tal vez funcione.
-Lo sentimos, pero
el número marcado no existe. –Vale, este teléfono está empezando a tocarme… la
moral. Por algún sitio tiene que haber un manual, o algo…
Un
momento, hay algo que no entiendo. ¿Por qué no ha pasado ningún tren en la otra
dirección? Son demasiadas preguntas, esto es demasiado para mí. En la cabina
veo a Denis y a Cris con el conductor, que poco a poco va reaccionando, pero
todavía no puede sernos de ayuda. Entonces se me ocurre algo. En dos zancadas
me planto de la palanca de conducción, y como si me fuera la vida en ello,
agarro con todas mis fuerzas la susodicha palanca.
-¡Álvaroooooooooooooooooooooo!
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