viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo 7: ¿Algo puede ir peor?


E


n momentos como este tomar decisiones se vuelve muy complicado. Sin embargo, esta situación empieza a ser alarmante, y no veo otra salida que actuar. Las consecuencias pueden ser serias, pero creo que merece la pena…
-Denis, bajo mi responsabilidad vamos a echar esta puerta abajo.
-No, tío, si la tiramos es Nuestra responsabilidad… -Creo que no merece la pena discutir, así que asiento levemente y ambos nos movemos hacia el fondo del vagón.
-Primero tú, que tienes zapatillas más resistentes que estas albarcas. –Mi compañero sale corriendo, y a unos tres metros de la puerta, pega un salto y propina una patada de samurai a la puerta de la cabina. Nada. Me acerco a comprobar los daños de la puerta, y para mi asombro veo que solo la huella de la zapatilla sobre la puerta deja rastro de la patada.
-Bien, ahora llega el momento de demostrar que las películas sirven para algo. -Sin pensármelo mucho me coloco delante de la puerta, y al más puro estilo de Lee Jordan en el “Fugitivo”, levanto mi pierna derecha y la lanzo contra la cerradura con un fuerte impulso. Pffff, que dolor. Acabo de cerrar los ojos, porque mi pie ha impactado con la cerradura. Los abro lentamente y compruebo que la puerta está astillada. Posiblemente me haya hecho un esguince, pero creo que ha merecido la pena. Denis me mira satisfecho, y con nuestros hombros, acabamos de reventar la cerradura.
-Joder… Álvaro, llama a alguien que sepa de primeros auxilios. –Cuando conseguimos por fin entrar en la cabina, nos encontramos al conductor tumbado, inerte, sobre la silla de la cabina.
-Vale, vale, que no cunda el pánico… Yo di un cursillo, tengo que acordarme de algo… Mira a ver si viene Guillermo, que también hizo un cursillo. –Denis corre hacia donde se encuentra el resto como alma que lleva en diablo, mientras yo intento comprobar si el conductor respira, si su corazón late… En fin, esos cursillos que se nos enseñan en el colegio y que pensamos que nunca nos van a hacer falta, en los que disfrutamos de una hora libre, van a ser vitales para el desenlace de esta historia. Oigo a alguien correr. Debe ser Guillermo. Cuando le veo entrar, después de que se sobreponga de la carrera le indico al conductor.
Le dejo con sus quehaceres, mientras reviso los mandos de la cabina. Mi tío es conductor, y no es la primera vez que veo estas cabinas. Estoy en un tren modelo 5000, que entraron a funcionar en el año 1974. Si, una auténtica anticualla, pero con un control de mandos que se asemeja al de un avión. Intento recordar la ocasión en la que mi tío me llevó con él en la cabina. Como si una fuerza inexistente me empujara, me dejo llevar y mis manos caen sobre un botón de color azul. Ninguna indicación. Pero algo me dice que ese botón es el silbato que anuncia la partida del tren. No sin cierta temerosidad, aunque convencido, pulso tímidamente el botón. Para mi alivio, oigo un leve bufido que confirma la función de la tecla. Sin embargo, a Guillermo, que está intentando reanimar con la maniobra RCP al conductor, le propino un buen susto. Denis me mira asustado:
-Jo, Álvaro, ya sé que te encantan los trenes, pero no creo que sea el momento de cumplir tu sueño tocando el silbato del tren… -Hago caso omiso de su valoración y continúo con la exploración. Me fijo en el teléfono. Demasiado fácil, pero por intentarlo no pierdo nada. Descuelgo el auricular. Por la puerta entra corriendo Cristina Malpartida, muy asustada.
-¡A Jesús le va a dar algo, le falta aire! Daros prisa, por Dios. –No, no, no. Yo no puedo pensar con tanta presión. Necesito recordar. Tengo que solucionar esto, si no hubiera tenido la estúpida idea de quedar a dar una vuelta en Metro nada de esto hubiera pasado… Le echo un vistazo al conductor, y veo aliviado que está consciente. Grogui pero consciente. Cristina se queda con él para intentar que vuelva en sí, mientras que el médico en funciones, Guillermo, vuelve al segundo vagón para informar de la situación.
          Será posible. ¡Tengo el auricular en el oído desde hace cinco minutos! Tecleo el número de emergencias.
-Lo sentimos, pero el número marcado no existe. -¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no existe?! Vale, debe de ser un teléfono interno. Pero si pulso el 0 delante, tal vez funcione.
-Lo sentimos, pero el número marcado no existe. –Vale, este teléfono está empezando a tocarme… la moral. Por algún sitio tiene que haber un manual, o algo…
Un momento, hay algo que no entiendo. ¿Por qué no ha pasado ningún tren en la otra dirección? Son demasiadas preguntas, esto es demasiado para mí. En la cabina veo a Denis y a Cris con el conductor, que poco a poco va reaccionando, pero todavía no puede sernos de ayuda. Entonces se me ocurre algo. En dos zancadas me planto de la palanca de conducción, y como si me fuera la vida en ello, agarro con todas mis fuerzas la susodicha palanca.
-¡Álvaroooooooooooooooooooooo! 

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