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llí, puntuales,
esperan Irene Loredo, Alba y Denis. Las chicas, al verme, corren hacia mí y me
plantaron dos besos en las mejillas, mientras me felicitaban efusivamente.
- ¡Jo, eres un
genio, felicidades! Ay, mi chico 10… –Se notaba una inmensa felicidad, que
transmitía en parte su entrañable sonrisa y sobre todo eso que solo sientes en
una persona a la que quieres. Como ya dije, en la misma boca del metro esperaba
Denis.
- Hombreeee!
–“Palmadita” en la espalda. Posiblemente si tuviera dentadura habría salido
disparada. Denis es así: el mejor amigo a veces, imprevisible, con momentos en
que es difícil reconocer su “verdadero él” y otros en los que se pone borde y
no hay quien le aguante. Posiblemente si me oyera decir esto me daría un abrazo
amistoso, en el que mis vértebras se quejarían abandonando su estado habitual,
para pasar a otra posición en la que necesitaría la ayuda de un fisioterapeuta
para dejarlo todo en orden, pero esto también forma parte de él.
Empiezo, a petición del público
femenino allí presente (Alba e Irene Loredo) a contar mi experiencia durante la
audición. No cansaré al lector repitiéndola, porque ya habrá podido intuir como
me sentí durante la lectura de los capítulos anteriores.
Poco a poco fueron llegando el resto.
Tan solo no había podido hablar con Irene Ballester y con Carlos. A Carlos
sabía que iba a ser difícil pillarle, porque tenía algo personal que hacer hoy.
De hecho avisó a los profesores de que no asistiría a clase. En cuanto a Irene,
no sabía nada de nada.
Cinco minutos después somos ocho, y he
contado la misma historia tres veces. Decido ahorrar saliva.
-A ver, me encanta
que todos estéis tan interesados en lo de ayer, pero para no repetirme como un
loro, contaré la historia cuando hayan llegado todos. Por cierto, ¿alguien sabe
algo de Irene Ballester?
- Que va.
- No, no se nada.
- Ni idea.
- Ok, bueno; creo
que ya estamos todos. ¿Os apetece dar un paseo por la Fuente del Berro? –Unos
cuantos gruñidos me dan a entender que el frío siberiano que estábamos
sufriendo esos días, no animaba mucho a ir a dar un paseo. Así que cogemos el
metro, y luego ya decidiríamos. En la estación de Manuel Becerra transbordamos
a la circular, la línea 6. Ya acomodados en los viejos vagones de esta línea, cuento
ahora sí para todos, mis sensaciones en la audición del día anterior. El
minucioso relato me lleva unas cinco estaciones, con lo que nos plantamos en
Cuatro Caminos. Dado que la mayoría ya se había sentado, decidimos quedarnos
donde estábamos y no abandonar aquel vagón con calefacción. Así, cada grupito
hablando de lo que se le iba ocurriendo, dimos una vuelta y media a la línea.
Es decir, se nos hicieron las siete y media de la tarde.
Cuando ya empezaba a aburrirnos
aquella excursión bajo Madrid, y acabábamos de abandonar la estación de Conde
de Casal, un repentino frenazo en medio del túnel nos empotró a todos contra el
vecino de delante si la suerte se alió con nosotros; o con alguna parte del
vagón más dura. La verdad es que nadie le dio ninguna importancia. Incluso nos
echamos unas risas viendo en la situación en que habíamos acabado: unos encima
de otros.
Sin embargo, Daniel nos sacó de
nuestra dicha.
- Oye, Álvaro,
llevamos parados casi 10 minutos. Esto no es muy normal. –Era cierto. Hacía
unos 10 minutos que habíamos salido de la estación de Conde de Casal, y el
metro había parado inesperadamente. Me asomo por la ventanilla: un cartel de
emergencia indica que la estación de Conde de Casal está a 325 metros y la de Sainz
de Baranda a 1.850 metros. En nuestro vagón, el segundo, van otras dos
personas: un señor de unos 40 años que lee la prensa y una mujer mayor que
parece preocupada. Cuando me doy cuenta de esto, y dado que me considero una
persona bastante capacitada para hablar con personas mayores, me acerco a ella.
-Hola, señora. ¿Se
encuentra bien?
-Hola, hijo.
Bueno, es que no me gusta ir en metro, y como se ha quedado parado, pues tengo
un poco de miedo…
-No se preocupe,
señora, tiene aquí a una panda de chicos la mar de majos para lo que necesite.
–Guillermo tiene el don de la oportunidad, y logró sacar una sonrisa a la
apurada señora, que tras asegurarnos que ya estaba mejor, nos pidió que nos
fuéramos tranquilos.
De cualquier manera, era imposible
estar tranquilos. 15 minutos parados en un túnel… puf… Dani tenía razón, no era
normal. Como cada uno había vuelto a sus conversaciones y yo andaba preocupado
por lo que pudiera haber pasado, busqué a algún compañero que no estuviera
hablando y me di de bruces con Jesús.
-Oye, ya sabes que
tengo problemas de respiración, y empiezo a notar que me falta aire. –Esta
declaración me provocó un nudo en la garganta. Pedí atención.
-A ver chicos,
llevamos casi 20 minutos encerrados aquí. Jesús me acaba de decir que nota que
falta aire. ¿Estáis todos bien? –Varios “síes” me tranquilizaron. Pero no podía
esperar a que algo pasara, necesitaba saber si todo iba bien…
Denis me vio intranquilo y adivinando mis
pensamientos me preguntó:
-¿Vamos a la
cabina a ver si el conductor sabe algo?
-Vale, pero vamos
solo tú y yo. –Mientras continuaban animadas conversaciones en el vagón, Denis
y yo abrimos la puerta de emergencia y pasamos al primer vagón, que estaba
vacío. Con paso decidido nos acercamos a la cabina y golpeamos la puerta. Nada.
Esto empezaba a ser preocupante…
Y tú pareces ajena a todo, sin preocuparte por mí. Creo que
lo nuestro, aunque nunca haya existido, no tiene futuro. Nunca conseguiré
decirte mis sentimientos y tú, como es normal, nunca los podrás saber.
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