viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo 6: Malas noticias


A


llí, puntuales, esperan Irene Loredo, Alba y Denis. Las chicas, al verme, corren hacia mí y me plantaron dos besos en las mejillas, mientras me felicitaban efusivamente.
- ¡Jo, eres un genio, felicidades! Ay, mi chico 10… –Se notaba una inmensa felicidad, que transmitía en parte su entrañable sonrisa y sobre todo eso que solo sientes en una persona a la que quieres. Como ya dije, en la misma boca del metro esperaba Denis.
- Hombreeee! –“Palmadita” en la espalda. Posiblemente si tuviera dentadura habría salido disparada. Denis es así: el mejor amigo a veces, imprevisible, con momentos en que es difícil reconocer su “verdadero él” y otros en los que se pone borde y no hay quien le aguante. Posiblemente si me oyera decir esto me daría un abrazo amistoso, en el que mis vértebras se quejarían abandonando su estado habitual, para pasar a otra posición en la que necesitaría la ayuda de un fisioterapeuta para dejarlo todo en orden, pero esto también forma parte de él.
          Empiezo, a petición del público femenino allí presente (Alba e Irene Loredo) a contar mi experiencia durante la audición. No cansaré al lector repitiéndola, porque ya habrá podido intuir como me sentí durante la lectura de los capítulos anteriores.
          Poco a poco fueron llegando el resto. Tan solo no había podido hablar con Irene Ballester y con Carlos. A Carlos sabía que iba a ser difícil pillarle, porque tenía algo personal que hacer hoy. De hecho avisó a los profesores de que no asistiría a clase. En cuanto a Irene, no sabía nada de nada.
          Cinco minutos después somos ocho, y he contado la misma historia tres veces. Decido ahorrar saliva.
-A ver, me encanta que todos estéis tan interesados en lo de ayer, pero para no repetirme como un loro, contaré la historia cuando hayan llegado todos. Por cierto, ¿alguien sabe algo de Irene Ballester?
- Que va.
- No, no se nada.
- Ni idea.
- Ok, bueno; creo que ya estamos todos. ¿Os apetece dar un paseo por la Fuente del Berro? –Unos cuantos gruñidos me dan a entender que el frío siberiano que estábamos sufriendo esos días, no animaba mucho a ir a dar un paseo. Así que cogemos el metro, y luego ya decidiríamos. En la estación de Manuel Becerra transbordamos a la circular, la línea 6. Ya acomodados en los viejos vagones de esta línea, cuento ahora sí para todos, mis sensaciones en la audición del día anterior. El minucioso relato me lleva unas cinco estaciones, con lo que nos plantamos en Cuatro Caminos. Dado que la mayoría ya se había sentado, decidimos quedarnos donde estábamos y no abandonar aquel vagón con calefacción. Así, cada grupito hablando de lo que se le iba ocurriendo, dimos una vuelta y media a la línea. Es decir, se nos hicieron las siete y media de la tarde.
          Cuando ya empezaba a aburrirnos aquella excursión bajo Madrid, y acabábamos de abandonar la estación de Conde de Casal, un repentino frenazo en medio del túnel nos empotró a todos contra el vecino de delante si la suerte se alió con nosotros; o con alguna parte del vagón más dura. La verdad es que nadie le dio ninguna importancia. Incluso nos echamos unas risas viendo en la situación en que habíamos acabado: unos encima de otros.
          Sin embargo, Daniel nos sacó de nuestra dicha.
- Oye, Álvaro, llevamos parados casi 10 minutos. Esto no es muy normal. –Era cierto. Hacía unos 10 minutos que habíamos salido de la estación de Conde de Casal, y el metro había parado inesperadamente. Me asomo por la ventanilla: un cartel de emergencia indica que la estación de Conde de Casal está a 325 metros y la de Sainz de Baranda a 1.850 metros. En nuestro vagón, el segundo, van otras dos personas: un señor de unos 40 años que lee la prensa y una mujer mayor que parece preocupada. Cuando me doy cuenta de esto, y dado que me considero una persona bastante capacitada para hablar con personas mayores, me acerco a ella.
-Hola, señora. ¿Se encuentra bien?
-Hola, hijo. Bueno, es que no me gusta ir en metro, y como se ha quedado parado, pues tengo un poco de miedo…
-No se preocupe, señora, tiene aquí a una panda de chicos la mar de majos para lo que necesite. –Guillermo tiene el don de la oportunidad, y logró sacar una sonrisa a la apurada señora, que tras asegurarnos que ya estaba mejor, nos pidió que nos fuéramos tranquilos.
          De cualquier manera, era imposible estar tranquilos. 15 minutos parados en un túnel… puf… Dani tenía razón, no era normal. Como cada uno había vuelto a sus conversaciones y yo andaba preocupado por lo que pudiera haber pasado, busqué a algún compañero que no estuviera hablando y me di de bruces con Jesús.
-Oye, ya sabes que tengo problemas de respiración, y empiezo a notar que me falta aire. –Esta declaración me provocó un nudo en la garganta. Pedí atención.
-A ver chicos, llevamos casi 20 minutos encerrados aquí. Jesús me acaba de decir que nota que falta aire. ¿Estáis todos bien? –Varios “síes” me tranquilizaron. Pero no podía esperar a que algo pasara, necesitaba saber si todo iba bien…
          Denis me vio intranquilo y adivinando mis pensamientos me preguntó:
-¿Vamos a la cabina a ver si el conductor sabe algo?
-Vale, pero vamos solo tú y yo. –Mientras continuaban animadas conversaciones en el vagón, Denis y yo abrimos la puerta de emergencia y pasamos al primer vagón, que estaba vacío. Con paso decidido nos acercamos a la cabina y golpeamos la puerta. Nada. Esto empezaba a ser preocupante…

Y tú pareces ajena a todo, sin preocuparte por mí. Creo que lo nuestro, aunque nunca haya existido, no tiene futuro. Nunca conseguiré decirte mis sentimientos y tú, como es normal, nunca los podrás saber.

No hay comentarios:

Publicar un comentario