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cabo de terminar
de tocar la obra y cuando el piano da el último acorde comienzo a temblar
esperando la reacción del tribunal. Silencio incómodo. De repente, uno de los
miembros del tribunal comienza a aplaudir. Si definitivamente creo que estoy
soñando. No me lo puedo creer, otras dos personas comienzan a aplaudir. Al
final, todo el salón de audición se suma a una larga ovación que me hace
llorar.
Como dije antes, para un profesional
de la música la única persona que sabe tocar bien un instrumento es ella, así
que me siento ahora mismo como un rey, capaz de hacer aplaudir a un profesor de
música de conservatorio. Poco a poco, tras unos tres minutos de vítores, el
público y el tribunal comienza a cuchichear. Alguien pide silencio. El director
del conservatorio, situado en el centro de la mesa del jurado, se levanta.
- Por su bellísima
interpretación de la Sonata IV de Haëndel, el alumno Álvaro García ha recibido
la máxima calificación que este tribunal puede otorgar. ¡Mención honorífica!
Esto significa que el alumno recibirá una beca para continuar sus estudios
musicales en el extranjero. ¡Un fuerte aplauso para él! –de nuevo ovación. Creo
que esto no puede ser real. Yo, Álvaro García Herrero, un chico de 15 años,
desconocido por todos, invisible para algunos, consiguiendo lo que nadie antes
había logrado… Esto es demasiado, llevo una semana de continuo ajetreo, no
puedo asimilar lo que me está pasando. Será mejor volver a casa, contarlo todo,
intentar descansar. Pufff…
Una hora después estoy tumbado en mi
cama, repasando esta semana infernal con un jueves tan feliz.
Y curiosamente tú eres la responsable de este final de
semana tan perfecto, a ti te debo mi gran actuación, porque tú entraste ahí y
me diste fuerzas para hacerlo, para continuar, para no rendirme. ¡Y si eso no
lo ha conseguido el amor, que alguien me diga qué lo ha conseguido!
Sin querer,
mecánicamente, me pongo el pijama, me meto en la cama y me quedo dormido. A la
mañana siguiente pienso que el mundo se ha aliado conmigo. Cuando suena el
despertador, el cual ignoro completamente dado mi estado, la puerta se abre. Mi
madre se acerca, y me dice las palabras que todo niño quiere oír por las
mañanas.
-Hijo, acaban de
decir por la tele que ha muerto Fraga y que se han suspendido las clases.
–entended que no deseo la muerte de nadie, pero necesitaba un día de descanso
con urgencia. Cuatro horas después me despierto con energías renovadas. Tras un
copioso desayuno, y una charla con mi madre, interesada en saber con todo
detalle lo que me pasó ayer en la audición, llamo por teléfono a Jesús.
La verdad es que nadie sabe que tú eres tan importante para
mí, es un secreto entre mí y yo. Suena un poco raro, lo sé, pero los secretos
también son individuales.
- ¡Jesús! Tío, no
te lo vas a creer, ¡me han puesto una mención honorífica por la actuación y me
van a dar una beca!
- Joder, Álvaro,
no me cansaré de repetírtelo, tío, eres un máquina. ¡Felicidades! ¿Te apetece
quedar un rato?
- Pues claro, voy
a avisar a toda la peña. Nos vemos a las cuatro en la boca de metro. Hasta
ahora. –Esta llamada se repitió unas veinte veces. Llamé a todos aquellos que
son importantes para mí. Creo que las cosas importantes las deben saber todos
los que para ti son importantes. Llamé a las Irenes, a mi familia entera, a
Iván, a las Cristinas (si también hay dos), a Carlos, a Guillermo, a Alba, a
Jovanny, a Denis… creo que no acabaría, así que prefiero utilizar los puntos
suspensivos. Ahí estáis todos vosotros, porque sois importantes para mí solo
por el hecho de leer este relato. Después de comer, arreglarme y preparar la
mochila para mañana (recuerdo a los lectores que iré a pasar el día a la
Parcela), salgo de casa y me dirijo a la boca del metro de la Elipa, lugar de
encuentro de nuestras quedadas.
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