viernes, 25 de enero de 2013

Capitulo 3º: Vaya día…


A


bro los ojos. Y lo que veo me tranquiliza más de lo que pudiera tranquilizarle a un niño pequeño que se ha perdido encontrar a su madre. Estoy sentado en un vagón de tren, me había dormido. Un mal sueño, una pesadilla en toda regla. La semana lo da… Son las ocho de la tarde, lo que significa que ya llego tarde a clase. Estoy en la estación de Canal, me he pasado la mía. Prefiero no moverme y esperar a que el tren llegue a Cuatro Caminos, dé la vuelta y vuelva a pasar por mi estación para esta vez si, apearme.
          Tras una bronca por parte del director de la orquesta que me sienta fatal porque nunca me había pasado nada igual, y dos horas de interpretación, vuelvo a casa. Doy un repasito a la Revolución Industrial y me voy a la cama.  Mañana será otro día, y seguro que mejor que el hoy.
          Oigo la sintonía de despertador de mi móvil y me intento desperezar. Digo bien me intento, porque al intentarme levantar me faltan fuerzas. Estoy muy, pero que muy cansado. Tengo los ojos pegados por las legañas y los brazos entumecidos, posiblemente por apoyar sobre ellos el peso de mi cuerpo mientras dormía. Con más esfuerzo del que necesitaría para mover un camión cuesta arriba, consigo sentarme en la cama. A duras penas acierto a llegar al baño, donde el agua del grifo, más fría de lo normal acaba de despertarme. Tras un desayuno ligero pero reconfortante, agarro mis bártulos, me despido de mi madre y mi hermana, que va por otro sitio para recoger a una amiga, y me encamino a la parada del autobús.
          Por las mañanas me encuentro siempre a Alba, sentada en los primeros asientos del autobús, escuchando música en su IPad, IPod
o como narices se llame el aparatejo que utilice. Me saluda siempre con una sonrisa en la cara, que acaba de alegrar el día si, como ocurre a menudo, empieza cruzado. Si no fuera por mis amigos creo que nada sería igual, la verdad es que son muy importantes para mí y me siento en eterna deuda con ellos. Aunque suele decirse aquello de “hoy por mí mañana por ti”, y en muchas ocasiones sea verdad, les tengo un aprecio muy grande.
          A tercera hora, examen de inglés. Estamos con los tiempos verbales. Presente, Pasado simple, Pasado continuo… Son los mismos que dábamos hace cuatro años. Y así nos va en inglés, algunos sacando buenas notas porque ya nos lo sabemos de otros años y los otros cometiendo siempre los mismos fallos. El examen bien, excepto la pregunta del millón, como me gusta llamarla. Esta pregunta es la típica en la que hay una palabra de la que no estás seguro. La oración es la siguiente:
“Traduce ¿Cuánto tiempo tardas en llegar al instituto? Tardo media hora.” Me la aprendí esta mañana de memoria mientras estudiaba en el autobús. Pongo:
How long does it takes you to get to high-school? It takes me half an hour.
Pero algo no me cuadra. Me quedan todavía cinco minutos. Leo y releo. Realmente, dado que me la he aprendido de memoria podría estar mal copiada, o podría haber olvidado alguna palabra… La ley de Murphy dice que si tienes dos opciones para hacer algo, la que elijas será la errónea. Por la tanto, elijo que está mal, y siguiendo la ley de Murphy lo dejo igual. Entrego el examen.
El día transcurre normal. A la salida Irene Ballester me pide volver en metro, que aunque no esté tan cerca del instituto como el autobús, ofrece un plus de espacio y rapidez. Acepto sin reparos y nos dirigimos ligeros a la estación de La Almudena, también línea 2.
-¿Qué tal el día? A mí se me ha hecho muy largo. –Creo que a todos…
-Bien, en el examen de inglés tuve que hacer frente a un fifty-fifty, pero creo que bastante bien. ¿Cómo llevas tú todo?
-Bueno, la verdad es que me va muy bien con mi novio. Creo que es lo más importante ahora mismo en mi vida. Le amo. –Mientras dice esto noto como su cabeza se llena de melancolía, pero también de amor. Le respondo con una sonrisa, que ella mira pero no ve. Flota en la nube del enamorado, esa de la que nadie ni nada te puede bajar porque es suave, esponjosa, sedosa, blanca… Lo tiene todo. Quien está enamorado tiene una nube de esas. Si la nube se vuelve gris, entonces llueve. Esa lluvia serán las lágrimas del enamorado o enamorada por perder a su amor.
Irene y yo hablamos mucho, y sobre cualquier cosa. Con esto no quiero decir que no hablemos de cosas absurdas, que de todo hay. Pero siento que hablar con ella me abre puertas, me enseña nuevos caminos y me abre los ojos ante aspectos de la vida que nunca había tenido en cuenta. Ya en el metro, me vuelve a sorprender.
-¿Sabes que estoy aprendiendo a tocar el piano? –Mi reacción no se hace esperar. Los ojos se me abren tanto que parecen querer abandonar sus cuencas. La miro inquisitoriamente, buscando una sonrisa que me diga: “que no, hombre, que es broma…” Aunque mis deseos son que sea realidad, no me lo puedo creer.
-De verdad, ayer me apunté a clases –Me repite. Yo sigo con la misma cara de imbécil. Así que no se me ocurre nada que decir.
-Pero ¿tienes piano? –Logro balbucear.
-Pues claro. Cuando quieras vienes y me enseñas tú también. ¿Vale? –Poco a poco recupero mi expresión habitual, sin querer decir con esto que sea menos idiota que la cara que anteriormente he descrito. Tras prometerle que le enseñaré todo lo que pueda y pensar en lo feliz que me hace que alguien toque un instrumento y yo le pueda enseñar, llegamos a la estación de La Elipa, donde me despido de ella. Continuará hasta Sevilla en el mismo tren.

También mi nube empezó siendo blanca, pero con el paso del tiempo, empieza a volverse gris… Si supieras lo que siento por ti todo sería diferente. Sin embargo creo que jamás tendré el valor de decírtelo. 

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