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bro los ojos. Y lo
que veo me tranquiliza más de lo que pudiera tranquilizarle a un niño pequeño
que se ha perdido encontrar a su madre. Estoy sentado en un vagón de tren, me
había dormido. Un mal sueño, una pesadilla en toda regla. La semana lo da… Son
las ocho de la tarde, lo que significa que ya llego tarde a clase. Estoy en la
estación de Canal, me he pasado la mía. Prefiero no moverme y esperar a que el
tren llegue a Cuatro Caminos, dé la vuelta y vuelva a pasar por mi estación
para esta vez si, apearme.
Tras una bronca por parte del director
de la orquesta que me sienta fatal porque nunca me había pasado nada igual, y
dos horas de interpretación, vuelvo a casa. Doy un repasito a la Revolución Industrial
y me voy a la cama. Mañana será otro día,
y seguro que mejor que el hoy.
Oigo la sintonía de despertador de mi
móvil y me intento desperezar. Digo bien me intento, porque al intentarme
levantar me faltan fuerzas. Estoy muy, pero que muy cansado. Tengo los ojos
pegados por las legañas y los brazos entumecidos, posiblemente por apoyar sobre
ellos el peso de mi cuerpo mientras dormía. Con más esfuerzo del que necesitaría
para mover un camión cuesta arriba, consigo sentarme en la cama. A duras penas
acierto a llegar al baño, donde el agua del grifo, más fría de lo normal acaba
de despertarme. Tras un desayuno ligero pero reconfortante, agarro mis
bártulos, me despido de mi madre y mi hermana, que va por otro sitio para
recoger a una amiga, y me encamino a la parada del autobús.
Por las mañanas me encuentro siempre a
Alba, sentada en los primeros asientos del autobús, escuchando música en su
IPad, IPod
o como narices se
llame el aparatejo que utilice. Me saluda siempre con una sonrisa en la cara,
que acaba de alegrar el día si, como ocurre a menudo, empieza cruzado. Si no
fuera por mis amigos creo que nada sería igual, la verdad es que son muy
importantes para mí y me siento en eterna deuda con ellos. Aunque suele decirse
aquello de “hoy por mí mañana por ti”, y en muchas ocasiones sea verdad, les
tengo un aprecio muy grande.
A tercera hora, examen de inglés.
Estamos con los tiempos verbales. Presente, Pasado simple, Pasado continuo… Son
los mismos que dábamos hace cuatro años. Y así nos va en inglés, algunos
sacando buenas notas porque ya nos lo sabemos de otros años y los otros
cometiendo siempre los mismos fallos. El examen bien, excepto la pregunta del
millón, como me gusta llamarla. Esta pregunta es la típica en la que hay una
palabra de la que no estás seguro. La oración es la siguiente:
“Traduce ¿Cuánto
tiempo tardas en llegar al instituto? Tardo media hora.” Me la aprendí esta mañana de memoria
mientras estudiaba en el autobús. Pongo:
How long does it takes you to get to high-school? It takes
me half an hour.
Pero algo no me
cuadra. Me quedan todavía cinco minutos. Leo y releo. Realmente, dado que me la
he aprendido de memoria podría estar mal copiada, o podría haber olvidado
alguna palabra… La ley de Murphy dice que si tienes dos opciones para hacer
algo, la que elijas será la errónea. Por la tanto, elijo que está mal, y
siguiendo la ley de Murphy lo dejo igual. Entrego el examen.
El
día transcurre normal. A la salida Irene Ballester me pide volver en metro, que
aunque no esté tan cerca del instituto como el autobús, ofrece un plus de
espacio y rapidez. Acepto sin reparos y nos dirigimos ligeros a la estación de
La Almudena, también línea 2.
-¿Qué tal el día?
A mí se me ha hecho muy largo. –Creo que a todos…
-Bien, en el
examen de inglés tuve que hacer frente a un fifty-fifty, pero creo que bastante
bien. ¿Cómo llevas tú todo?
-Bueno, la verdad
es que me va muy bien con mi novio. Creo que es lo más importante ahora mismo
en mi vida. Le amo. –Mientras dice esto noto como su cabeza se llena de
melancolía, pero también de amor. Le respondo con una sonrisa, que ella mira
pero no ve. Flota en la nube del enamorado, esa de la que nadie ni nada te
puede bajar porque es suave, esponjosa, sedosa, blanca… Lo tiene todo. Quien
está enamorado tiene una nube de esas. Si la nube se vuelve gris, entonces
llueve. Esa lluvia serán las lágrimas del enamorado o enamorada por perder a su
amor.
Irene
y yo hablamos mucho, y sobre cualquier cosa. Con esto no quiero decir que no
hablemos de cosas absurdas, que de todo hay. Pero siento que hablar con ella me
abre puertas, me enseña nuevos caminos y me abre los ojos ante aspectos de la
vida que nunca había tenido en cuenta. Ya en el metro, me vuelve a sorprender.
-¿Sabes que estoy
aprendiendo a tocar el piano? –Mi reacción no se hace esperar. Los ojos se me
abren tanto que parecen querer abandonar sus cuencas. La miro
inquisitoriamente, buscando una sonrisa que me diga: “que no, hombre, que es broma…”
Aunque mis deseos son que sea realidad, no me lo puedo creer.
-De verdad, ayer
me apunté a clases –Me repite. Yo sigo con la misma cara de imbécil. Así que no
se me ocurre nada que decir.
-Pero ¿tienes
piano? –Logro balbucear.
-Pues claro.
Cuando quieras vienes y me enseñas tú también. ¿Vale? –Poco a poco recupero mi
expresión habitual, sin querer decir con esto que sea menos idiota que la cara
que anteriormente he descrito. Tras prometerle que le enseñaré todo lo que
pueda y pensar en lo feliz que me hace que alguien toque un instrumento y yo le
pueda enseñar, llegamos a la estación de La Elipa, donde me despido de ella.
Continuará hasta Sevilla en el mismo tren.
También mi nube empezó siendo blanca, pero con el paso del
tiempo, empieza a volverse gris… Si supieras lo que siento por ti todo sería
diferente. Sin embargo creo que jamás tendré el valor de decírtelo.
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