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V
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uelvo a ser yo,
Álvaro. Me duele todo el cuerpo, no veo nada y oigo chillidos… Sólo recuerdo
que iba a agarrar una palanca de la cabina del tren, y que al agarrarla recibí
una sacudida como eléctrica y alguien chilló mi nombre. Me acuerdo ahora de
Pilar, de Raquel y de Alberto, y pido a Dios que no haya pasado nada, ni a mí
ni a nadie. Que todo sea una pesadilla de la que pronto me voy a despertar.
Dicen que la fe mueve montañas, y yo necesito mover mis pensamientos, que me
pesan como piedras, que no me dejan razonar…
Un momento, parece que al fondo veo
una luz blanca. Será posible, parece que me voy a despertar. Si, si, cada vez
está mas cerca.
-¿Hola? ¿Puedes
oírme, Álvaro? – Esto mejora por momentos, he dejado de oír chillidos y ahora
oigo una voz femenina que me resulta familiar. Intento responder:
- Hoooohlaa, qhhe
hhaaaa phashadddooo - logro balbucear. Alguien me zarandea.
- ¡Despierta, por
favor! – Esta vez en una voz grave, que no reconozco. Unos segundos después ya
estoy plenamente consciente y el panorama que se me plantea no es muy
halagador: el conductor, ya recuperado, está a mi lado y me mira con
preocupación, al igual que Denis y Cristina. Tras un breve vistazo a mi
alrededor, encuentro la causa de mi somnolencia. De la palanca que agarré hace
un rato, salen ahora chispas. Lo que he recibido ha sido una descarga eléctrica
brutal. No se como sigo aquí… Gracias a Dios…
En cinco minutos me cuentan lo que ya
me imaginaba. Solo he estado tres minutos inconsciente, pero nada ha cambiado.
Mientras el desánimo empieza a apoderarse de nosotros, y volvemos al vagón para
comunicar como sigue todo al resto, una voz sobresalta a todos los allí
presentes.
-Les habla la
policía. Por favor, permanezcan en el tren, en breves minutos llegará un equipo
de salvamento. Repito, permanezcan en el tren… -Dicen que las buenas noticias
cambian a las personas. Pues digo yo que será cierto, porque durante los
siguientes cinco minutos todos saltamos, chillamos de alegría, nos abrazamos,
nos damos besos…
Cinco minutos después aparece un
equipo de bomberos, que abre las puertas a martillazos y entra en el vagón.
-¿Estáis todos
bien?- pregunta uno de los agentes.
-Creo que Jesús
necesita oxígeno, y a esa señora deberían verla… Yo estoy bien. –digo. Sin
embargo, todos mis amigos se empeñan, al conocer mi aventura en la cabina, en
que me vea un médico. Tras mucho pelear, me convencen y me siento en una
camilla que me lleva hasta la estación de Conde de Casal. Han montado un
hospital de campaña. Buscan un lugar “tranquilo” y me oscultan, toman tensión y
realianz multitud de pruebas. Todo bien.
Cuando
me dejan marchar por fin, pregunto a un policía por mis amigos.
-Acompáñame.
Me lleva fuera, donde se amontonan varias
decenas de cámaras y periodistas buscando enterarse de lo sucedido mediante
algún testimonio. A lo lejos veo a toda la peña, y de una carrera me acerco a
ellos. Jesús está recuperado, y también está con los demás. Al verme aparecer
en apariencia (y realmente) ileso, noto como los últimos rescoldos de temor
desaparecen de sus caras. Tras asegurar unas veinte veces que estaba bien, me
encuentro a Óscar.
-¡Hey! Joder, que
bien has hecho no viniéndote con nosotros. Jajajaja. Es que tengo unas ideas… -
Me mira feliz. En ese momento alguien me besa en la mejilla.
-¡Irene! ¿Cómo
estás? Otra que ha hecho bien no estando en casa cuando llamé para quedar. –Me
sonríe.
-¿A que no sabes
como os han sacado de ahí ni lo que ha pasado?
-Pues imagino que
habrá habido algún problema de electricidad…
-Frío, frío. ¿No
te parece raro que por un corte de luz haya aquí más periodistas que en la
final de fútbol?
-Pues ahora que lo
dices, si. Pero entonces, ¿tú sabes lo que ha pasado? –Entonces me fijo en
Óscar y en ella a la vez. Noto en Irene que ha estado preocupada, lo cual veo
normal. Sin embargo, también veo miedo, como si hubiera pasado algo más, como
si hubiera pensado que no íbamos a salir de esta. Como veo que en sus ojos
empieza a aparecer el agua de la desdicha, le doy un abrazo, y cuando deja de
llorar, le pido que me lo cuente todo:
- Pues verás,
Álvaro. El día para mí ha sido muy largo. Ayer me acosté tarde, pero muy feliz
cuando me enteré de lo que pasó en tu concierto. Hoy por la mañana me levanté
como siempre, pronto, pero mi madre me dijo que mi novio estaba en el hospital
y decidí ir. Luego supe que no había clase. Estuve con él toda la mañana, pero
afortunadamente está bien. Cuando llegué a casa, escuché tu mensaje y me dio
mucha rabia no haber podido ir. Sin embargo un rato después escuché en las
noticias que una banda terrorista había colocado una bomba en un sitio
desconocido y había cortado el suministro eléctrico del metro. Y entonces tuve
una corazonada, de esas que solo nosotras tenemos, y que me dijo que habías
tenido la genial idea de ir en metro a algún sitio. Como ves, no estaba
equivocada, y como no ha pasado nada, te diré algo: eres imbécil, no vuelvas a
hacer nada parecido en tu vida. Con cariño eeh. Bueno, pues llamé a Óscar, y
con sus dotes de informático, y con la autorización de la policía, procedió a
desactivar la bomba. ¿Sabes donde estaba colocada?
-No.
-En tu tren. –En
ese momento sentí que un piano me caía en la cabeza y la cabeza se me iba.
Ufff, que mareo. Pero ahora entiendo por qué está así, pobrecita.
-Irene, eres un
sol. Gracias. Y a ti Óscar, te debemos la vida. –Le extiendo la mano, pero en
vez de apretar se la estrujo cual esponja. Ciertamente estoy emocionado. Un
rato después, la policía nos dice que han llegado nuestros padres. Tras
abrazos, besos, y demás cada uno nos vamos a casa en un coche de policía. Han
decretado protección para nosotros, hasta que se aclare todo.
No te lo tomes mal, pero no he pensado nada en ti. Creo
que son mucho más importantes mis amigos, tú no eres más que un estorbo. No
mereces que “sufra” por ti. Tengo fe. La fe existe, pero seguro que para ti no
será mas que alguna tontería, alguna imaginación sin sentido…
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