viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo 2º: De camino a casa


O


tra de mis obligaciones como delegado consiste en llevar la llave de la clase, lo que me convierte en un portero, sin que afortunadamente esto sirva de mofa para mis compañeros. Hay que decir que pese a que sean un poco cabroncetes y me elijan todos los años a mí para tales menesteres, valoran el esfuerzo que supone tan ardua tarea.
          Podéis pensar que todo lo que acabáis de leer es mentira, pero dado que me ha quedado bordado, lo dejaré ahí. Después de dejar la llave en su correspondiente llavero, donde mañana volverá a ser recogida por un servidor, voy al parking de bicis, donde charlan animadamente los compañeros. Veo a Óscar salir del instituto montado en su bici. Pensativo y callado, como siempre… Nos gusta hablar de todo un poco, a unos más que a otros y siempre dando distintos puntos de vista. Dado que la conversación de los chicos se centra en un partido de fútbol, prefiero evadirme con Guillermo para torturarle un ratito.
-¡¿Cómo llevas el examen de latín de mañana?! –la pregunta es obvia, pero hay que matar el tiempo hasta que surja una conversación interesante…
-Pues bastante bien, aunque lo que es la 5ª declinación tengo una duda sobre los nombres que se pueden declinar en plural. –Mientras le resuelvo la duda me fijo en todos, y me doy cuenta de lo que puede llegar a crecer una persona. Me fijo en nuestro macarra, Jesús. Andará cercano al metro ochenta si no lo supera. Si, probablemente lo supere, ya que yo ando en torno al metro setenta y cinco. La memoria me vuelve a la infancia, cuando compartíamos clase pero con solo tres añitos. Lo que ha llovido desde entonces.
          Como chico que soy, no tiene sentido que haya podido hacer dos cosas a la vez, véase explicar una duda de latín a Guillermo y pensar en el crecimiento humano. Sin embargo todo es posible en un libro. Hasta puede que tú te sientas en algún momento dentro de la historia, como un personaje más. Si consigues creer que te hablan a ti, y no a alguien que se llama como tu, sentirás algo que ningún escritor ha descrito jamás.
          Nos acercamos al autobús. Aquí se dividen en parte nuestros caminos. Algunos cogeremos la línea 106 para ir a La Elipa. Otros la línea 70 para dirigirse a las cercanías de algún punto de las calles Hermanos García Noblejas, Arturo Soria o Alcalá. Los últimos, o mejor dicho el último, irá andando hasta su casa en algún punto del recorrido de la línea 109. Éste es Denis, que con un “Adíos”, haciendo hincapié en la tilde de la “i”, se pondrá sus cascos a tope y se alejará a buen paso escuchando Metálica.
          Hay cosas que ocurren desde que el mundo es mundo. En el nuestro particular, mientras no se demuestre lo contrario, llegará a la parada del autobús primero un 70 antes que un 106. Además, la línea de La Elipa en ocasiones no parará, o tardará en pasar cerca de un cuarto de hora. Indignados ante esta rutina, nos sentamos en la parada y despedimos a Guillermo, que coge el autobús doble de la línea 70 y se sienta como un rey, eligiendo el asiento del autobús que más le gusta.
          Irene se acerca a mí.
-¿¡Sabes una cosa!? –No respondo, nunca me han gustado ese tipo de preguntas, prefiero esperar la información…- ¡Hoy vas a pasártelo bien, con esa gente tan agradable y a esas horas tan buenas! Jajajaja… Es broma, bobo, ¿qué tal llevas la semana? –Irene es sin duda mi mejor amiga. La quiero un montón, y creo que ella a mí también. Bueno, lo cierto es que todos la queremos mucho y es alguien muy importante para nosotros, aunque la conociéramos hace un año.
-Bueno, bastante bien. Hoy tengo que ir al conservatorio, y el viernes tengo la audición ante el tribunal que te conté…
­-Jo, si es que no paras, hijo mío. Yo no se como puedes vivir así. –La verdad es que tiene toda la razón, no se como puedo vivir así… Hoy el autobús no se hace esperar, pero viene tan lleno como de costumbre. Ya en el interior, sigo mi conversación, interrumpida por los empujones necesarios en su justa medida para conseguir entrar en el transporte.
-¿Y como llevas preparada la audición? ¡Hace mucho que no te oigo tocar, con lo que me gusta…!
-Bueno, bastante bien, pero depende de lo exigentes que sean los jueces. Yo haré mi parte lo mejor posible, y ellos espero que se impliquen un poco. Jejejeje. –Me sonríe y se pone a pensar en sus cosas. Es curioso, pero llega un momento en el que dos personas que estaban hablando sienten que la conversación se ha acabado, que no hay más que decir. Si la otra persona es una desconocida, el momento es un poco tenso, y pueden escucharse frases tipo “Hace buen día”; o “¿Y que tal tus niños?”. Entiendan, señores lectores, que la segunda se dará cuando uno de los interlocutores sepa con certeza que el otro tiene hijos y andan perfectamente de salud, no sería muy normal que yo ahora le dijera a Irene “¿Qué tal tus hijos?”.
          Para que nadie se pierda anticipo que habrá varios personajes con el precioso nombre de Irene. Cuando hable de ellos utilizaré el apellido, pero solo al principio, como introducción. En este anterior párrafo, como casi todos habréis adivinado me refería a Irene Ballester.
          El viaje se me hace bastante corto, y cuando me quiero dar cuenta estoy besando la mejilla de Irene para despedirme de ella frente a su casa, lo que significa que aún me quedan unos 5 minutos de camino.
          Sin novedad en el frente, y como miércoles que es, tras una copiosa comida en la que engullo dos platos de pasta con salchichas y cuatro o cinco trozos de empanada, y dos horas de estudio, me dirijo al sitio donde mejor me lo paso según Irene Ballester. Si, la verdad es que tiene un sentido del humor un poco ácido, por lo menos en este caso. Jejeje.
          Mi conservatorio está en la estación de Noviciado, línea 2 del Metro de Madrid. Nada más entrar al vagón y encontrar asiento, abro un libro de cualquier asignatura con examen a la vista y estudio ante la estupefacción del resto de usuarios del suburbano. El viaje sin novedad. Voy bastante cargado, puesto que llevo el violín y una bandolera con tres libros de música.
          Llego a la estación y me bajo. Avanzo tranquilamente por el andén. El metro ya ha salido de la estación. De repente, un chico con la cara tapada que estaba sentado en un banco del andén, se levanta y me empuja a la vía. Caigo sobre los raíles. Dolor, mucho dolor. Creo que me he roto algo. No logro moverme. Ruido, mucho ruido, una señora chilla horrorizada en el andén. Comienzo a oír a lo lejos el ruido del tren. Quien lo iba a decir, este es el fin. Cada vez está más cerca, ya no hay salvación. Todo vibra, no puedo siquiera abrir los ojos…

Aunque esto se acaba, mi último pensamiento es para ti. Aunque nunca tuve coraje para hablarte, sé que eres tú la única persona que ha ocupado mi corazón. Y también sé que nunca querré a nadie más porque el momento ha llegado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario