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tra de mis
obligaciones como delegado consiste en llevar la llave de la clase, lo que me
convierte en un portero, sin que afortunadamente esto sirva de mofa para mis
compañeros. Hay que decir que pese a que sean un poco cabroncetes y me elijan
todos los años a mí para tales menesteres, valoran el esfuerzo que supone tan
ardua tarea.
Podéis pensar que todo lo que acabáis
de leer es mentira, pero dado que me ha quedado bordado, lo dejaré ahí. Después
de dejar la llave en su correspondiente llavero, donde mañana volverá a ser
recogida por un servidor, voy al parking de bicis, donde charlan animadamente
los compañeros. Veo a Óscar salir del instituto montado en su bici. Pensativo y
callado, como siempre… Nos gusta hablar de todo un poco, a unos más que a otros
y siempre dando distintos puntos de vista. Dado que la conversación de los
chicos se centra en un partido de fútbol, prefiero evadirme con Guillermo para
torturarle un ratito.
-¡¿Cómo llevas el
examen de latín de mañana?! –la pregunta es obvia, pero hay que matar el tiempo
hasta que surja una conversación interesante…
-Pues bastante
bien, aunque lo que es la 5ª declinación tengo una duda sobre los nombres que
se pueden declinar en plural. –Mientras le resuelvo la duda me fijo en todos, y
me doy cuenta de lo que puede llegar a crecer una persona. Me fijo en nuestro
macarra, Jesús. Andará cercano al metro ochenta si no lo supera. Si,
probablemente lo supere, ya que yo ando en torno al metro setenta y cinco. La
memoria me vuelve a la infancia, cuando compartíamos clase pero con solo tres
añitos. Lo que ha llovido desde entonces.
Como chico que soy, no tiene sentido
que haya podido hacer dos cosas a la vez, véase explicar una duda de latín a
Guillermo y pensar en el crecimiento humano. Sin embargo todo es posible en un
libro. Hasta puede que tú te sientas en algún momento dentro de la historia,
como un personaje más. Si consigues creer que te hablan a ti, y no a alguien
que se llama como tu, sentirás algo que ningún escritor ha descrito jamás.
Nos acercamos al autobús. Aquí se
dividen en parte nuestros caminos. Algunos cogeremos la línea 106 para ir a La
Elipa. Otros la línea 70 para dirigirse a las cercanías de algún punto de las
calles Hermanos García Noblejas, Arturo Soria o Alcalá. Los últimos, o mejor
dicho el último, irá andando hasta su casa en algún punto del recorrido de la
línea 109. Éste es Denis, que con un “Adíos”, haciendo hincapié en la tilde de
la “i”, se pondrá sus cascos a tope y se alejará a buen paso escuchando
Metálica.
Hay cosas que ocurren desde que el
mundo es mundo. En el nuestro particular, mientras no se demuestre lo
contrario, llegará a la parada del autobús primero un 70 antes que un 106.
Además, la línea de La Elipa en ocasiones no parará, o tardará en pasar cerca
de un cuarto de hora. Indignados ante esta rutina, nos sentamos en la parada y
despedimos a Guillermo, que coge el autobús doble de la línea 70 y se sienta
como un rey, eligiendo el asiento del autobús que más le gusta.
Irene se acerca a mí.
-¿¡Sabes una
cosa!? –No respondo, nunca me han gustado ese tipo de preguntas, prefiero
esperar la información…- ¡Hoy vas a pasártelo bien, con esa gente tan agradable
y a esas horas tan buenas! Jajajaja… Es broma, bobo, ¿qué tal llevas la semana?
–Irene es sin duda mi mejor amiga. La quiero un montón, y creo que ella a mí
también. Bueno, lo cierto es que todos la queremos mucho y es alguien muy
importante para nosotros, aunque la conociéramos hace un año.
-Bueno, bastante
bien. Hoy tengo que ir al conservatorio, y el viernes tengo la audición ante el
tribunal que te conté…
-Jo, si es que no
paras, hijo mío. Yo no se como puedes vivir así. –La verdad es que tiene toda
la razón, no se como puedo vivir así… Hoy el autobús no se hace esperar, pero
viene tan lleno como de costumbre. Ya en el interior, sigo mi conversación,
interrumpida por los empujones necesarios en su justa medida para conseguir
entrar en el transporte.
-¿Y como llevas
preparada la audición? ¡Hace mucho que no te oigo tocar, con lo que me gusta…!
-Bueno, bastante
bien, pero depende de lo exigentes que sean los jueces. Yo haré mi parte lo
mejor posible, y ellos espero que se impliquen un poco. Jejejeje. –Me sonríe y
se pone a pensar en sus cosas. Es curioso, pero llega un momento en el que dos
personas que estaban hablando sienten que la conversación se ha acabado, que no
hay más que decir. Si la otra persona es una desconocida, el momento es un poco
tenso, y pueden escucharse frases tipo “Hace buen día”; o “¿Y que tal tus
niños?”. Entiendan, señores lectores, que la segunda se dará cuando uno de los
interlocutores sepa con certeza que el otro tiene hijos y andan perfectamente
de salud, no sería muy normal que yo ahora le dijera a Irene “¿Qué tal tus
hijos?”.
Para que nadie se pierda anticipo que
habrá varios personajes con el precioso nombre de Irene. Cuando hable de ellos
utilizaré el apellido, pero solo al principio, como introducción. En este
anterior párrafo, como casi todos habréis adivinado me refería a Irene
Ballester.
El viaje se me hace bastante corto, y
cuando me quiero dar cuenta estoy besando la mejilla de Irene para despedirme
de ella frente a su casa, lo que significa que aún me quedan unos 5 minutos de
camino.
Sin novedad en el frente, y como
miércoles que es, tras una copiosa comida en la que engullo dos platos de pasta
con salchichas y cuatro o cinco trozos de empanada, y dos horas de estudio, me
dirijo al sitio donde mejor me lo paso según Irene Ballester. Si, la verdad es
que tiene un sentido del humor un poco ácido, por lo menos en este caso.
Jejeje.
Mi conservatorio está en la estación
de Noviciado, línea 2 del Metro de Madrid. Nada más entrar al vagón y encontrar
asiento, abro un libro de cualquier asignatura con examen a la vista y estudio
ante la estupefacción del resto de usuarios del suburbano. El viaje sin
novedad. Voy bastante cargado, puesto que llevo el violín y una bandolera con
tres libros de música.
Llego a la estación y me bajo. Avanzo
tranquilamente por el andén. El metro ya ha salido de la estación. De repente,
un chico con la cara tapada que estaba sentado en un banco del andén, se
levanta y me empuja a la vía. Caigo sobre los raíles. Dolor, mucho dolor. Creo
que me he roto algo. No logro moverme. Ruido, mucho ruido, una señora chilla
horrorizada en el andén. Comienzo a oír a lo lejos el ruido del tren. Quien lo
iba a decir, este es el fin. Cada vez está más cerca, ya no hay salvación. Todo
vibra, no puedo siquiera abrir los ojos…
Aunque esto se acaba, mi último pensamiento es para ti.
Aunque nunca tuve coraje para hablarte, sé que eres tú la única persona que ha
ocupado mi corazón. Y también sé que nunca querré a nadie más porque el momento
ha llegado.
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